“Nos ponía a limpiar su casa y a cocinar”, dice cierta prensa. Ejerciendo su libertad individual, había personas que a veces, la mayoría senior, para no estar solas corrigiendo trabajos o haciendo artículos pedían a otras ir a su piso y trabajar juntas, en la misma tarea o más frecuentemente cada una en la suya. Ramón había estado de joven en estancias en universidades como Stanford donde había estado con frecuencia en casas de profesorado a fiestas, a trabajar o pasar fines de semana. Él y un amigo habían comprado un piso, para que un amigo común de su juventud pasara allí sus últimos años, pero la violencia aisladora que sufrió por apoyar a las víctimas precipitó su final.

Al final de la mañana, quienes seguían a la tarde (hasta un máximo de las 20h) hacían la comida (algo que llevara poco tiempo), comían y alguien se ofrecía a hacer el café, mientras alguien ponía la vajilla en el friegaplatos y habitualmente Ramón limpiaba la vitrocerámica. Él siempre insistía en que no hacía falta limpiar ni hacer más porque ya estaba contratada la limpieza. Se dice que hay que creer las graves acusaciones que difunden anónimamente en los medios, pero existen documentados muchos mensajes directos demostrando que no son ciertas sus afirmaciones (incluyendo audios).

La violencia aisladora, incluida en la legislación aprobada en parlamentos con nombres como violencia de segundo orden, se ejerce por parte de las personas agresoras contra quienes apoyan a sus víctimas para que nadie más se atreva a hacerlo y así queden aisladas. Aunque haya un consenso universal en que no se supera la violencia de género si las víctimas no tienen un apoyo que empiece en su entorno más cercano, la realidad práctica es que la mayoría de las veces no encuentran ese apoyo que necesitan.

Apoyar a las víctimas le ha supuesto a Ramón recibir una violencia aisladora basada en inventar y tergiversar todo para convertir lo habitual en muchos ambientes en acusaciones gravísimas. Voces anónimas que acusan de haberlas llevado al piso bajo coacción para realizar tareas domésticas como limpiar y cocinar. Sin embargo, existen varios testimonios que contradicen estas afirmaciones, así como también numerosos mensajes escritos en lo que se desmiente. 

Sin embargo, la violencia aisladora siempre tiene solo un objetivo: inventar cualquier cosa que pueda destruir la imagen, la salud y a veces la vida de quien se ha atrevido a apoyar a sus víctimas para que no se atreva nadie más a apoyarlas. La violencia aisladora acabó en el 2006 con el amigo de Ramón y ahora hay quien quiere acabar con él.

A pesar de la aprobación de parlamentos y organizaciones, todavía la sociedad no se ha movilizado para terminar con la violencia aisladora. Esa situación ha provocado que se vayan sumando en los ataques las personas agresoras de las muchas y diversas víctimas que hemos apoyado a lo largo de décadas. Ramón fue el profesor que en 1995 apoyó a la estudiante universitaria que generó la primera denuncia en las universidades españolas. Ramón y CREA apoyamos años después a Cristina abusada cuando era menor por quien luego inventó los contenidos que salen en las tres campañas (2004, 2016 y 2025) y hoy mismo se están publicando. En 2003 el CREA elaboramos el proyecto que luego fue aprobado como primer I+D sobre VG en las universidades, del que fui la IP y llevó al parlamento español a obligar a las universidades a reconocer el problema y tomar medidas.  Ramón fue quien denunció el caso JdM. Y apoyó a muchas y diversas víctimas más hasta que durante el 2024 apoyamos a las víctimas becarias que reportaron comportamientos inadecuados de profesoras seniors.

Ramón Flecha es muy conocido a nivel mundial por haber sido una de las personas que más se ha arriesgado apoyando a las víctimas de violencia desde que era adolescente. Existe amplia investigación científica publicada sobre ello que puede encontrarse fácilmente. La agresividad de las acusaciones junto con el anonimato no busca hacer justicia sino decantar a la opinión pública contra personas que sí han denunciado formalmente el acoso en la universidad.

He hecho búsquedas en bases de datos científicos, en los documentos y en las redes sociales; no he encontrado un caso más grande y grave que éste de violencia aisladora. Aunque haya un consenso universal en que no se supera la violencia de género si las víctimas no tienen un apoyo que empiece en su entorno más cercano, la realidad es que la mayoría de las veces no lo encuentran. Hay también consenso en que ese apoyo tan proclamado en todos los discursos es tan escaso en la práctica por la cruel violencia que reciben quienes se atreven a apoyar. Lejos de romper el silencio, uno de los principales efectos de esta campaña de difamaciones es el aumento del miedo social a proteger tanto a la víctima como a quienes la apoyan. He oído muchas veces estos días: no apoyes tanto o te acabará pasando como a Ramón.

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