Esta pedagoga, a quien todo el mundo conocía como Doña Corona, ensayó metodologías raramente aplicadas en los años 50, como el trabajo en grupo, las clases al aire libre y los tests de inteligencia. E hizo realidad su ideal de una escuela pública como crisol igualador de las diferencias sociales.

Doña Corona nació en Matute (Logroño) en 1925. Desde niña,   apuntaba algunas de las cualidades que han constituido su personalidad: la capacidad de comprender y adaptarse al entorno ambiental y la habilidad para interpretar los estímulos exteriores e incorporarlos a su propia circunstancia vital. Sus primeras experiencias familiares y escolares anticipaban también su enorme curiosidad, que la ha llevado a estar siempre abierta a mundos cercanos y lejanos, y su preocupación por el ser humano en general y por las individualidades particulares que se le han acercado a lo largo de su vida, y que han encontrado en ella calidez, generosidad y amor.

Se dedicó a la enseñanza, entre otras cosas, porque era consciente de la influencia que puede tener un buen maestro o maestra sobre su alumnado y la importancia de la ilusión en la enseñanza.

Fue pionera en publicar artículos sobre la necesidad de definir en España el perfil profesional de lo que entonces se denominaba el psicólogo profesional, hoy lo denominaríamos el psicopedagogo, y de pedir la implantación de esta figura en cada escuela, así como la descripción de sus funciones y formación, aún muy poco conocidas y delimitadas en España. Los dos grandes motores que impulsaron su acción fueron: la necesidad de crear equipos de trabajo bien coordinados, en los que cada docente se sintiese parte imprescindible de la tarea común, lo que hoy se define como la cultura de la colaboración y que Coronación Andrés denominaba “equipos que trabajábamos al unísono”, en los que cada uno de los integrantes se veía como “artífice de la transformación”. El segundo motor fue el estímulo interior de crear una escuela pública como la presentida en sus años infantiles, esto es, igualitaria y abierta a todos y todas. Respecto a este punto, escribió: “Siempre pensé que la escuela pública era el elemento más fundamental que tiene un Estado para desarrollar hábitos, costumbres, actitudes y, si está bien patrocinada, lo mejor en educación. (…) Una escuela pública tiene que aceptar a todo el que llegue[…], es igualdad y convivencia. La escuela pública, bien llevada, con buenos profesionales ilusionados, es lo mejor que puede tener la educación de un pueblo”.

Para conseguir este ideal, Corona pensó que la vía era lograr una educación de calidad, y para ello debía introducir en su escuela todas las innovaciones pedagógicas de las que tenía noticias a principios de los años 50. Intentó hacer que la escuela se adaptase a cada alumna, de manera que dice: “la escuela a la medida en mi centro fue una realidad y fue un anticipo de lo que podía ser la escuela pública en España con un fundamento científico.”

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