Estos días estamos viendo como el acto de supuesta agresión a Macron por parte de su mujer está siendo utilizado por personas con diferentes intereses -ya sean políticos o de cualquier otro tipo- para desviar el tema real hacia sus propios objetivos.

Lo que es realmente importante y clave ante este hecho, es recordar uno de los criterios fundamentales para seguir trabajando por sociedades libres de cualquier tipo de violencia; rechazar cualquier acto de violencia venga de quien venga. 

El feminismo, en su vocación transformadora y emancipadora, tiene la responsabilidad de rechazar toda forma de violencia. Desde sus orígenes, el feminismo ha denunciado la violencia que sufren las mujeres, visibilizando agresiones que durante siglos fueron silenciadas. Sin embargo, para ser coherente con sus principios, el feminismo no puede limitarse a denunciar solo aquellas violencias ejercidas por varones hacia mujeres, sino que debe posicionarse firmemente contra cualquier tipo de violencia, también la ejercida por mujeres o por personas que se identifican con causas progresistas.

Aceptar o justificar la violencia según la identidad de quien la ejerce debilita la legitimidad del movimiento y lo aleja de su objetivo principal: una sociedad libre de toda forma de opresión. El feminismo no puede caer en lógicas partidistas que reproduzcan dobles raseros. Es imprescindible mantener una postura clara y valiente frente a cualquier acción que vulnere los derechos humanos, sin importar el estatus, la ideología o el rol de la persona agresora.

Además, reconocer y denunciar todas las violencias refuerza la credibilidad del feminismo como movimiento social comprometido con la justicia y la verdad. No hay contradicción entre defender los derechos de las mujeres y exigir coherencia en el rechazo de toda violencia. Al contrario, solo un feminismo que no tolera el abuso, ni siquiera entre sus propias filas, puede transformarse en una fuerza real de cambio.

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