María Zambrano nació en Vélez-Málaga, el 22 de abril de 1904. Estudió Filosofía y Letras en Madrid. En 1939 su compromiso con la República la obliga a exiliarse hasta 1984. Murió en Madrid el 6 de febrero de 1991.
Impartió la asignatura de Historia de la Filosofía en la Universidad Central desde 1931 hasta 1936; en ese periodo también enseña en el Instituto Escuela, en la Residencia de Señoritas y en el Instituto Cervantes. Ya en el exilio, da clases y conferencias en México, Puerto Rico y La Habana. Fue pensadora, filósofa y poeta. Se involucró en el momento histórico-político que estaba viviendo el país, un momento de grandes cambios políticos, sociales e intelectuales. No pertenecía a un partido político, pero le movía un intenso sentimiento político, con un gran compromiso educativo. Participó en las Misiones Pedagógicas.
Antes de la guerra fue reconocida su obra, aunque después fue olvidada hasta que, en 1966, un artículo de Aranguren recuperó su memoria. En 1981 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Humanidades, y en 1983 es nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Málaga, así como hija predilecta de Andalucía y de Vélez-Málaga.
La filosofía fue su vocación, su destino: “No tengo más remedio que aceptar que mi verdadera condición, es decir, vocación, ha sido la de ser, no la de ser algo, sino la de pensar, la de ver, la de mirar, la de tener la paciencia sin límites que aún me dura para vivir pensando, sabiendo que no puedo hacer otra cosa y que pensar tampoco lo he hecho”. Su pensamiento es original, porque, según ella “La filosofía tiene que nacer dentro de mí”. Ella misma es el origen de la filosofía, uniendo pensamiento y vida, razón y entrañas. Unión que busca integrar los contrarios que hace aflorar las paradojas de las que se nutre la vida, que no renuncia a la singularidad y tampoco a la búsqueda de la universalidad.
La filosofía de María Zambrano se acercó a la razón poética, en este modo de relatar están presentes algunos de los rasgos más claros de su pensamiento: la búsqueda de armonía y unión de los contrarios, que se reúnen sin disolverse; beber de las fuentes de la experiencia vital pero no quedarse en ella, sino para elevarse sobre ella; un empeño decidido a conjugar amor y conocimiento, libertad y obediencia, actividad y pasividad. Siempre defiende la necesidad de superar la abstracción, la fragmentación, las disciplinas, para recuperar un saber capaz de “penetrar en el corazón humano”, el que alimenta la vida, el que necesitamos para convertirnos en plenamente humanos.
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