Actualmente son muchos los contextos educativos en los que el castigo corporal, una forma más de violencia, ha quedado como una forma de imponerse y ejercer autoridad propia del pasado más o menos reciente según los casos. Muchas personas de mediana edad aún cuentan entre sus recuerdos cómo en la escuela a la que asistieron se ejercía el castigo corporal y, o bien lo sufrieron en sus propias carnes o fueron testigo de cómo otros lo sufrían.

Esta práctica que en muchos espacios ha sido erradicada y superada en muchos centros escolares es por otro lado, ampliamente aceptada como normal en muchos otros y ni siquiera se considera violencia aún cuando el Comité de los Derechos de la Infancia define el castigo corporal como cualquier castigo en el que se usa la fuerza física con la intención de causar cierto grado de dolor o malestar, por leve que sea. 

Las organizaciones End Violence Against Children, End Corporal Punishment, Coalition for Good Schools y Safe to Learn se han unido para elaborar un informe en el que describen algunas experiencias de menores que han sufrido castigo corporal y su prevalencia, el impacto en la salud y futuro así como las claves y pasos necesarios a seguir para su solución y la construcción de una educación no violenta en ese sentido para toda la infancia. 

El informe nos recuerda, algo que ya ha publicado DF en anteriores artículos, los hallazgos de la evidencia respecto a las consecuencias de la violencia para el aprendizaje. Su impacto negativo afecta el desarrollo cognitivo de los niños y las niñas, aumenta el riesgo de daños a largo plazo en la salud mental y física y consecuentemente a un rendimiento académico bajo y/o abandono escolar. La violencia puede dañar las perspectivas de futuro de las personas, las familias y las sociedades y también aporta cifras preocupantes como que el castigo corporal sigue siendo legal en 63 paises alrededor del mundo, afectando a 793 millones de menores aproximadamente. Entre los datos del análisis llaman la atención algunos como que el castigo corporal que se aplica a niños y niñas es diferente o que éste suele ser una práctica más frecuente y de forma desproporcionada en escuelas de bajos recursos, a las que asiste la infancia más desfavorecida y en riesgo de exclusión social, incluyendo, menores con diversidad funcional, LGTBI, refugiados, migrantes o racialmente excluídos. Esto último, el estudio vuelve a remarcar, perjudica las perspectivas educativas de quienes más lo necesitan.

El llamamiento a la Comunidad Internacional deja un mensaje claro y contundente, la erradicación del castigo corporal en las escuelas pasa por su prohibición legal. Es necesario impulsar las reformas que sean necesarias en las legislaciones que aún no lo reconozcan como una forma más de violencia y por tanto quienes lo ejercen sean sancionados duramente pues esta ya no es una práctica aceptable en la sociedad. Según el informe los cambios legales promoverán la transformación de las actitudes hacia la violencia contra la infancia a gran escala pero además aporta una selección de las mejores prácticas que ya se están aplicando, con base en la evidencia que ya se están aplicando como por ejemplo: 

  • Crear conciencia de la ley
  • Adoptar intervenciones desde un enfoque comunitario, involucrando a toda la Comunidad Educativa.
  • Animar a las niñas y los niños a romper el silencio

Por último, el informe también recuerda que tenemos la información y toda la evidencia necesaria para acabar con la violencia y concretamente el castigo corporal en las escuelas y en base a ello, hace un llamado a los gobiernos e instituciones de todo el mundo en el sector de la educación para acelerar la puesta en práctica de actuaciones encaminadas a su erradicación como una condición esencial para defender y garantizar los Derechos de la Infancia. 

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