Lo ha dicho Edgar Morin, “qué período psicológicamente, sociológicamente y moralmente regresivo en el contexto de un gran progreso científico/técnico”. Así es nuestro mundo, y si alguien lo ponía en duda, ahora ya no es posible. La guerra que ha estallado en Europa emprendida por Rusia certifica la regresión denunciada por el sociólogo francés.

Hace casi cinco siglos, del año 1530 al 1584, pisó la Tierra el zar Iván IV de Rusia. Esta permanencia constituyó una auténtica tragedia. Autoritario, cruel, asesino de su propio hijo, conquistador, devastador, no envejeció, pero aún murió demasiado tarde.

El infortunio está cayendo ahora sobre un Estado europeo de la mano de un moderno trasunto de zar. Vladímir Putin, al que su pueblo ha permitido se convirtiera en un dictador, hace y deshace imperturbable. Lanza misiles y drones, envía tanques y tropas a Ucrania provocando, en consecuencia, muertos, heridos y un éxodo masivo. Exponerse a perder la vida o abandonar el hogar, las pertenencias, el país. La existencia de la población ucraniana se ha convertido en una pesadilla por mor de un personaje mucho peor que sus compadres dirigentes del mundo. 

Acabamos de ver cómo ha empezado la guerra, pero no sabemos cuándo, cómo y dónde acabará. Todo tiene un final, pero entretanto, el mal y el dolor que la guerra provoca son inconmensurables, ahora bajo el arbitrio de Putin el Terrible. El zar del siglo XVI falleció a los 54 años de edad consumido por múltiples enfermedades, y se dice que sus súbditos rezaron para que no resucitara jamás. No sabemos si sus súplicas han sido escuchada

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