La ciencia ha dejado claro los efectos adversos que tiene para el desarrollo estar expuesto a la violencia desde las edades más tempranas. Esta evidencia nos lleva a poner atención a las experiencias que viven los niños y las niñas en las escuelas, en especial el alumnado más vulnerable o en riesgo de exclusión social ya que, cuando el alumnado está expuesto a violencia diaria como puede ser burlas, empujones, tocamientos indeseados, insultos, motes o aislamiento, su salud puede verse socavada de por vida y afectando directamente al aprendizaje. 

Según una publicación de Knowable Magazine, las personas de color en los Estados Unidos, corren un mayor riesgo de desarrollar afecciones médicas crónicas y de envejecer prematuramente que las personas blancas. La evidencia cada vez ofrece más datos sobre la importancia de poner el foco en la creación de factores de protección como son las relaciones de apoyo, los entornos seguros y los recursos básicos con el fin de asegurar lo máximo posible unos buenos cimientos para la salud. 

Si sabemos que hay colectivos más vulnerables que son víctimas del racismo como puede ser el pueblo gitano, las personas de color, las personas migradas…la pregunta sería la siguiente, ¿podemos hacer algo desde las escuelas para prevenir o mitigar los efectos de las experiencias adversas en la primera infancia? La respuesta es afirmativa, la ciencia nos señala el camino que debemos seguir. 

Algunas escuelas, comunidades de aprendizaje, ya lo están logrando. Estas escuelas implementan actuaciones educativas de éxito que gracias a los principios del aprendizaje dialógico (diálogo igualitario, inteligencia cultural, transformación, dimensión instrumental, creación de sentido e igualdad de diferencias) están logrando crear entornos de aprendizaje seguros donde la violencia no tiene cabida y es substituida por valores como la solidaridad o la bondad y sentimientos tan protectores como el de la amistad.

En estas escuelas, ante cualquier acto de violencia, por mínimo que sea, siempre hay una respuesta de apoyo a la víctima y un posicionamiento de rechazo al comportamiento violento lo que contribuye a la resilencia. Por ejemplo, el alumnado sabe que en solidaridad se aprende más y esto les lleva a desear ayudar al alumnado migrante o en situación de exclusión social que llega a la escuela con un desnivel académico y con desconocimiento del idioma, porque tienen claro que no dejan a nadie atrás y que juntas y juntos son mejores. No tienen cabida las burlas hacia el que sabe menos o el desprecio hacia el que es diferente. En estas escuelas se superan los bulos extendidos en educación como el que determinados colectivos son menos inteligentes o que el bajo nivel de estudios de la familia implica que no valoren la educación. Por el contrario, se ofrecen los máximos aprendizajes a todo el alumnado sin rebajar expectativas ni contenidos sólo a unos pocos. Así las miradas de las niñas y los niños son limpias y solidarias, llenas de ganas de poder ayudar a que todas y todos mejoren.   

La participación de los familiares en experiencias de aprendizaje también contribuye a la superación del racismo. Por ejemplo, en los grupos interactivos o en las tertulias literarias dialógicas participan familias muy diversas que vienen a ayudar, a compartir sus vivencias y formas de pensar, construyendo de esta forma relaciones de confianza y amistad entre personas que quizá nunca hubieran mantenido un diálogo y menos, se hubieran podido conocer en profundidad. Desde ese momento, en el que diversas personas, sin importar su procedencia, cultura, nivel económico o académico, se unen con el mismo deseo de ayudar a que todos y todas aprendan, hay poco espacio para el racismo y para la violencia y mucho para el amor y los aprendizajes compartidos. 

La mejora social, normalmente viene de las propias personas, cuando se convierten en agentes de cambio, lo que se conoce como bottom-up. Las escuelas podemos facilitar estas oportunidades en las que niñas y niños, profesorado, familias y demás agentes comunitarios sueñen y construyan relaciones de calidad que protejan de los efectos de la adversidad y, que como se ha demostrado, favorecerán la creación de unos buenos cimientos para la salud desde las primeras edades y, para todo el alumnado sin exclusión. 

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