Que la actividad volcánica constituya una amenaza no impide que pueblos enteros se establezcan a sus pies. Con esto se demuestra que el ser humano puede ser a la vez intrépido, confiado, necio. Al respecto, la actual y peligrosa erupción del volcán Cumbre Vieja, en la isla canaria de La Palma, nos obliga a advertir que en sus laderas viven 81.000 personas. Anteriormente ya se habían producido otros estallidos, y sin embargo, La Palma continúa habitada.

No es el único volcán amenazante europeo, ni el único en congregar gente a su alrededor. Otra isla, la italiana Stromboli, cuyo volcán está en activo, tiene 400 habitantes permanentes, mientras que en la temporada turística recibe millares de visitas. Están ansiosas de poder contemplar, en especial de noche, las intermitentes bocanadas de fuego que emergen del cráter, e incluso las hay que se atreven a ascender hasta casi alcanzar la cumbre, a 924 metros de altitud. El suelo es de color negro, sembrado de porosas piedras volcánicas aptas para ser llevadas como recuerdo.

Un monte volcánico aún más impresionante, 3.326 metros sobre el nivel del mar, es el Etna, en Sicilia. También se halla activo y con frecuentes erupciones, por suerte ninguna tan terrible como la del año 1669, cuando arrasó la población de Catania, actual ciudad que congrega 311.000 desafiantes personas.  

También en Italia se encuentra el volcán más famoso de la historia, el Vesubio, a 14 kilómetros de Nápoles. En el año 79 destruyó Pompeya, como es sabido, sin que su furia se extinguiera para siempre. En los anales constan erupciones importantes acaecidas a lo largo de los siglos, la más reciente en 1944, con destrucción y con víctimas mortales.

¿Por qué la gente elige para establecerse territorios donde acechan los volcanes? La tierra fértil que la lava deja a su paso podría ser una explicación, viniendo a refrendar el clásico refrán de que, por la vida se pierde la vida.

 

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