Anécdota de una gaviota en la Costa Brava ilustrando su maternidad aviar. Contemplo la escena sentada frente al mar, la brisa reconfortándome y la visión cercana de una espléndida gaviota y de otra más pequeña regalándome los ojos. 

El plumaje de la chiquita es distinto, entre marrón y blanco, pero lo más significativo es que no cesa de asediar a la otra. Da vueltas a su alrededor una y otra vez, con el pico le busca el cuello, los costados, en tanto ambas se mueven por la arena al borde del agua. La capitana soportando con paciencia las molestias de quien, es fácil intuirlo, es su hija o hijo. Si ella bebe del mar, el retoño la imita; si ella va hacia allá, él también, si hacia aquí, él lo mismo. Ni la madre ni el hijo levantan el vuelo. 

De repente, sí aparece volando otra gaviota, idéntica a la más pequeña. El mismo color de plumas, igual tamaño, pero ya autónoma, voladora eficiente hasta aterrizar en la arena. La gaviota que es su hermana o hermano la observa, abandona su mariposeo alrededor de la madre, sus patas se alejan de ella, su plumaje se ahueca. De súbito echa a volar, sin titubeos, segura de sí misma, hacia el firmamento. 

Se ha emancipado de golpe, se ha hecho mayor de pronto. Su madre se pasea de espaldas por la orilla, tranquila, en apariencia indiferente al definitivo desarrollo de su vástago, semejante al del otro más precoz. No contempla el volar de los dos, sigue caminando un trecho por la orilla, hasta que, al fin, desplegando sus hermosas alas blancas, emprende majestuosa el vuelo. Su descendiente se ha hecho adulto en un instante y ya no requiere ni su cobijo ni su infinita paciencia. Y se diría que no le echa de menos, se diría que, avistándolo en la lejanía, le desea una buena vida, que ella ya hará la suya propia. 

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