Las nuevas tecnologías han revolucionado la vida en todos los aspectos, y quien no suba al carro de tal progreso sufre destierro. Una constatación aplicable a las redes sociales, prescindibles si se desea, y en especial a la práctica económica, más concretamente, a la financiera, a la bancaria en lenguaje llano, la cual no resulta prescindible. El creciente y escandaloso cierre de oficinas por parte de los bancos conlleva la necesidad de realizar las operaciones on line, sistema implantado para todo el mundo sin que todo el mundo sea capaz de gestionarlo.

Numerosas personas mayores han de llevar a cabo largas caminatas en busca de una oficina en la que encontrar una ventanilla, o al menos un cajero automático. Y aún gracias si no tienen la mala suerte de residir en alguno de los muchos pueblos en los que han desaparecido todas las oficinas bancarias. La parcela en que el derecho de las minorías se ve menos respetado es en las zonas rurales en general, con el sector bancario en primer término.

Aquí y allá, antes y ahora se habla de cursos para las personas de cierta edad, de enseñarles a manejar la electrónica digital, de que aprendan a seguir las directrices que los grandes bancos han impuesto sin contar con ellas en absoluto. Se ha establecido algo así como un predio dominante la llave del cual la tienen los poderosos. El resto son pobres almas errabundas sin herramientas adecuadas para sobrevivir. Por lo demás, los bancos mantienen la domiciliación de las pensiones de los desheredados digitales, y sin pudor compiten por ellas entre sí. 

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