El apelativo masa ya está desterrado, el de pueblo, casi también, sustituidos por el de ciudadanía con objeto de elevar nominalmente a la masa. Sin embargo, el nombre no hace la cosa, y la masa continúa siendo lo de siempre. Moneda de cambio, objeto sin valor, carne de cañón.

Acaba de ser demostrado en el norte de África, cuando Marruecos dejó de custodiar la frontera con Ceuta y millares de marroquíes emprendieron a nado la travesía hasta territorio español.  Más de ocho mil entre mujeres, hombres, niñas y niños, muertos algunos en el intento. La masa ceutí alarmada ante el alud de gente; el gobierno español poniendo el grito en el cielo. ¡Tantos miles de inmigrantes, no! Un conflicto derivado de acoger en un hospital español al líder del Frente Polisario. Conversaciones de alto nivel, descenso de la tensión, vuelta a vigilar la frontera por parte del país norteafricano y, en principio, el 70% de nadadores ilusos devueltos a Marruecos. 

La masa utilizada como extorsión, una nadería en manos de los gobernantes, inerme, sin merecer la más mínima consideración, como siempre. Siglos y siglos sin valer nada. Parece que la mayoría, inmensa, debería tener más fuerza que una exigua minoría, pero no es así. Nunca lo ha sido. Sorprende, y cabe preguntarse hasta cuándo. Porque el dolor causado es inmenso, en especial cuando se es víctima de guerras seculares. Sí, es necesario el interrogarse. ¿Hasta cuándo la masa consentirá el cruel vasallaje?

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