Por fuerza debemos lanzar un grito de esperanza en medio de las dificultades que, en plena pandemia, nos acechan. Más considerables para unas personas que para otras, si bien la zozobra por la salud atañe a todas por igual. Son los problemas económicos o la muerte de un ser querido los que marcan la diferencia al acrecentar el grado de sufrimiento. ¿Parece ingenuo cubrirse con el manto de la esperanza mientras la maldita Covid-19 no deja de atormentarnos?  Lo sea o no, se trata del mejor bálsamo inmediato y particular.

Cierto que la esperanza requiere algunos fundamentos, dado que en caso contrario resulta vana, e incluso puede redundar en más perniciosa que un desaliento consciente. Con el actual incremento de contagios, con las restricciones de movilidad, con el consecuente aislamiento social, ¿en qué es dable basar la esperanza? Es obvio que la prevista administración generalizada de una vacuna aspira a convertir la esperanza en realidad. Es en efecto una solución palpable, de cariz material, pero en tanto no percibamos sus resultados es indispensable revestirnos de un esfuerzo personal, voluntarioso, elegido.

Podemos lanzar la toalla, dejarnos llevar por el desánimo y hundirnos en la impotencia o bien hacer frente al miedo con la fortaleza, al cansancio con la energía. No cabe duda de que, mientras estimulemos cuerpo y espíritu no incubaremos la desesperanza, mientras tengamos pensamientos positivos relegaremos los destructivos, mientras sonriamos haremos que la vida sea más bella.

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