El actual debate sobre el borrado de las mujeres a raíz de los cambios político-legislativos y de los cambios de discurso de algunos sectores dentro del movimiento feminista, en pro de la defensa de las identidades sexuales y de género, diluyendo en el debate la situación de discriminación que sufren las mujeres por su sexo, está generando transformaciones en sectores de actuación contra la violencia machista que pueden tener unas consecuencias muy perjudiciales para el feminismo y para los derechos y libertades de las niñas y las mujeres.

Los últimos años, tomando de referencia las campañas norteamericanas sobre el consentimiento, con el conocido No means no, y los puntos violeta, como zonas seguras donde las mujeres podían acercarse a pedir ayuda en caso de sufrir una agresión machista en las fiestas populares o zonas de ocio, habían generado un enorme paso hacia adelante en las reivindicaciones del movimiento feminista. Se lograba la creación de espacios que reconocían la violencia machista más allá del entorno de la pareja, en zonas de ocio nocturno, con ligues esporádicos o agresiones por parte de hombres que nada tenían que ver con la víctima. El paso de gigante que marcaban los nuevos protocolos, los puntos violeta, las formaciones a las personas voluntarias en ellos durante las noches de fiesta, significaban un impacto del movimiento feminista a la vez que el convencimiento de que casos como el de Nagore Laffage Casasola se podrían prevenir, creando entornos seguros especialmente para las mujeres, el colectivo más vulnerable.

Pocos años después de su creación, nadando en medio de una oleada de relativismo en la que el movimiento feminista ve en riesgo grandes conquistas históricas y recientes en pro de los derechos de las niñas y las mujeres, dichos protocolos y puntos violetas en zonas de ocio nocturno empiezan a vertebrarse hacia medidas para la prevención de agresiones a géneros y sexualidades disidentes (existe variedad de terminología al respecto). La imposibilidad de hablar de sexos en determinados entornos elimina la figura de la mujer, diluyendo su vulnerabilidad entre otros colectivos como el queer o el trans. De modo que ahora algunos protocolos que nacieron para proteger a las mujeres dejan de incorporarlas en su propio redactado, borrándolas así de su marco de actuación. Puesto que lo que no se ve, no existe, ¿cuál será el modus operandi en caso de agresión sexual a una mujer en una zona de fiesta, si dicho caso no se contempla en los protocolos? La relativización fruto del posmodernismo en su máxima expresión, que trata de incidir y transformar el curso del movimiento feminista en defensa de las niñas y mujeres, puede generar un retroceso legislativo y social de décadas, con unas consecuencias nefastas para las libertades conseguidas y las venideras. Entre todas y todos cuidemos de ellas. 

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