En la actualidad, alcanzar a cumplir cien años ya no constituye una auténtica rareza, sin embargo, para una persona nacida a finales del siglo XIX lo era, sin lugar a dudas. La danesa Inge Lehmann vio la luz en Copenhague en 1888, y, pese a que su salud fue frágil desde muy joven, falleció en su ciudad hace tan solo 27 años, cuando contaba 104.

Una larga existencia que, abarcando más de un siglo, la llevó a vivir grandes cambios en usos y costumbres. Ella misma, de niña, formó parte de una innovación progresista al asistir a una escuela en la cual niñas y niños compartían aula y temáticas. Interesada en las matemáticas y la sismología, estudió en la Universidad de Copenhague primero y luego en la de Cambridge. Debió hacerlo con intermitencias a consecuencia de su poca salud, de forma que no obtuvo la licenciatura en Matemáticas hasta 1920, tras 12 cursos de estudios.

Por fortuna, tenía muchos años de vida por delante, como sabemos, y supo aprovecharlos iniciando en 1925 estudios de Sismología bajo la tutela del acreditado matemático danés Niels Erik Norlund. (Acotemos que este había nacido en 1885 y murió en 1981, contando, pues, 91 años. Valga deducir que la sismología les resultó vivificadora.)

Inge Lehmann fue pionera en formular la teoría de que el núcleo de la Tierra consta de una esfera interna sólida y una capa líquida que la envuelve. Un hallazgo, aceptado por otros sismólogos, que la condujo a ser la descubridora de la discontinuidad que separa los núcleos interno y externo terráqueos. En 1936 publicó sus investigaciones geofísicas, de manera que es en su honor que se conoce la “discontinuidad de Lehmann”.

A la edad de 83 años, en 1971, le fue otorgada la Medalla William Bowie por parte de la Unión Geofísica Americana. Se reconocían así sus importantes descubrimientos en geofísica, siendo la primera mujer en recibir tal premio. Y por añadidura, la primera anciana.

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