Lo pretendía Donald Trump, quería que el fármaco que reduce de 15 días a 11 la duración de la gravedad en pacientes de la Covid-19 se atesorara en su país, supuestamente el más rico del orbe. Lo cual habría significado, consecuentemente, que, habida cuenta del sistema sanitario estadounidense, solo habría estado al alcance de sus personas ricas, de quienes pueden pagarse el tratamiento. Así será por aquellos lares, que no por los nuestros, afortunadamente.

Con un comportamiento plenamente insolidario, muy propio, el presidente de los Estados Unidos intentó acaparar las dosis mundiales disponibles del medicamento elaborado por la farmacéutica Gilead. Hubiera resultado que únicamente sus personas ricas se hubieran beneficiado del antiviral, no el resto del mundo. No ha sido así, no ha logrado socavar la cooperación internacional dado que en Europa se ha aprobado también el remdevisir y Gilead ha garantizado su libre distribución. En la sanidad pública, esfera sin duda esencial en el Estado del Bienestar, no existirá discriminación entre personas enfermas, no sucederá que sobrevivan las personas ricas y fallezcan las personas  pobres. 

En este aspecto somos mucho más opulentos las personas europeas que las estadounidenses. Una parte de la población continúa sin caer en la cuenta, aunque día a día padezcan tan detestable segregación. No hay más ciego que aquel que no quiere ver. 

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