Ante la obligación de confinarnos, hagámoslo impregnándonos del espíritu gatuno, el del pequeño felino doméstico que es feliz entre las cuatro paredes del hogar donde habita. Detesta que lo muevan para ir al veterinario, odia cambiar de domicilio, su único objetivo es tumbarse en el sofá, ronronear en el regazo de su dueña o su dueño y jugar con cualquier cosa de cuando en cuando. Tiene agua y pienso seguros, no necesita salir a la calle para nada en absoluto, ni lo desea, como es manifiesto. 

Otros gatos podrían supuestamente ser aún más felices. Los residentes en una vivienda con huerto o jardín, donde la metáfora de las cuatro paredes adquiere un espacio mayor y más variado, sin embargo, también delimitado. Los totalmente libres son los callejeros, pero pagan un alto precio por su libertad. Lluvia, frío, hambruna, peleas.

El espíritu que nos conviene en las circunstancias del coronavirus es el del gato casero, el que no desea más cosas que las que tiene a su alcance y goza de ellas a fondo. A señalar, por otra parte, que tiene mucho menos de lo que los seres humanos, como mamíferos superiores, poseemos en nuestro confinamiento. Tampoco lo requiere, es cierto. La gente confinada contamos con libros, televisión, radio, internet, teléfono fijo o móvil, ordenador, juegos de mesa, se trata de una gran cantidad de artilugios. 

En dos aspectos el gato doméstico y la persona confinada coinciden: ambos disponen de todo el tiempo, y para ambos todos los días son iguales. Agenda vacía, anulados todos los eventos. Nada más apropiado que vivirlo con espíritu gatuno.

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