La imagen común es la del directivo y su secretaria. Señorita tal, no me pase llamadas; resérvame hotel para; convoque reunión con; tráigame un café, por favor. Pues bien, Hildegarda de Bingen, monja benedictina del medioevo, no sirvió a ningún hombre sino que fue servida ni más ni menos que por tres.

Nacida en el obispado de Maguncia cuando el siglo XI se agotaba, en 1098, catorce años más tarde ingresa en un monasterio femenino adjunto a la abadía de Disidobenberg. El cual abandonará en 1150 tras fundar un nuevo monasterio en Rupertsberg y convertirse en abadesa. Entretanto, tuvo diversas visiones celestiales que la conminaban a escribir y predicar. Así lo hizo, pese a no creer en absoluto en su propia valía.

Considerada desde hace tiempo como una persona de gran inteligencia y suma cultura, traducidos ambos atributos en calidad de filósofa, naturalista, música y escritora, se atenía humildemente a la conceptualización de la época respecto de las mujeres. Interiorizando el dictamen de San Pablo, según el cual las mujeres “siempre están aprendiendo sin que nunca sean capaces de llegar al conocimiento de la verdad”, Hildegarda confiesa que sin el recurso de la inspiración divina jamás habría podido comunicar sapiencia alguna. Eran las visiones las que la iluminaban como filósofa, compositora o predicadora.

A despecho de su modestia, Hildegarda de Bingen contó a lo largo de su polifacética vida con tres secretarios, de lo cual dan fe, además de las crónicas, unos precisos grabados.  En estos aparece ella, estudiosa, con su primer secretario, el monje Volmar, tomando notas. Luego, a la muerte de este, ocupó su lugar el también monje Gottfried, al cual sucedió otro religioso, Guibert de Gembloux, que actuó de secretario hasta el fallecimiento de Hildegarda, en 1179, a los 81 años de edad.

Importante, extensa y asombrosa su obra, sin lugar a dudas, pero también destacable el hecho de que, siendo mujer y además medieval, contara con secretarios. A modo de acotación, sugiramos que no les pediría café. Aunque, quizás sí, que convocaran sus cónclaves con obispos y monarcas.

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