Rosalind Yalow

A Rosalind Yalow le interesó desde siempre la ciencia, primero las Matemáticas, después la Química, la Física, aunque hubo de pasar varias vicisitudes hasta llegar a poder dedicarse a la ciencia plenamente, hecho que le valió un gran reconocimiento en su época y, sobre todo, el Premio Nobel.

Esta científica nació en Nueva York, en 1921. Estudió Física en la Universidad de Illinois.

Desde su infancia tuvo una gran pasión por saber, era una gran lectora. En su autobiografía, publicada en la web de los premios Nobel, comenta que desde niña era testaruda e incluso narra una anécdota muy gráfica: “A través de los años mi madre ha comentado a veces que fue una suerte que yo decidiese hacer con mi vida algo aceptable, porque si hubiese elegido otra cosa, nadie habría podido hacerme cambiar de idea”.

En 1939, escuchó una conferencia sobre el proceso de fisión nuclear recientemente descubierto, procedimiento muy importante que abriría todo un abanico de posibilidades para la investigación médica con radiosótopos y otras aplicaciones pacíficas y positivas para la humanidad. Esta investigación le interesó mucho. Más adelante estableció y equipó un servicio, a partir del cual hizo sus grandes aportaciones científicas a distintos campos de la investigación clínica gracias al desarrollo de estas nuevas técnicas de física nuclear aplicadas a la imagen médica y la medicina. Una de sus primeras investigaciones consistió en la aplicación de radioisótopos para determinar el volumen de sangre en el cuerpo, las enfermedades de la tiroides o el metabolismo del yodo.

Ampliaron el uso de estas técnicas para estudiar la distribución de globina en el organismo, algo que se creía que podía servir para expandir el plasma en caso de transfusión y las proteínas del suero que forma parte de la sangre. El siguiente paso fue utilizarlas en las terapias con péptidos pequeños, como las hormonas.

De ellas, la insulina era la hormona más fácilmente accesible, dedujeron por el ritmo al que desaparecía la insulina de la sangre de los pacientes tratados con ella, que estos pacientes desarrollaban anticuerpos que atacaban la insulina de origen animal. Y se dieron cuenta de que habían obtenido una herramienta, que recibiría el nombre de radioinmunoensayo de péptidos pequeños.

Este descubrimiento le valió el Premio Nobel, ya que era capaz de medir la cantidad de esta hormona que circulaba en la sangre del paciente en cada momento. Aunque fueron necesarios algunos años de trabajo para su perfeccionamiento y automatización, este sistema fue utilizado ampliamente en laboratorios de todo el mundo.

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