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De acuerdo con una nueva publicación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la desigualdad se puede y se debe erradicar con determinación para lograr alcanzar un futuro sostenible marcado por la Agenda 2030.

Paradójicamente, la desigualdad ha aumentado en los últimos años a pesar de haber claros avances en innovación, de crecer nuevos mercados emergentes y de haberse reducido la pobreza en todas las regiones del mundo. Así pues, aunque las personas son menos pobres, cada vez es mayor la distancia entre las personas de bajos y altos ingresos. Por ejemplo, 26 personas reúnen la misma riqueza que 3,8 mil millones de las personas que forman parte de la mitad más pobre de la humanidad. 

Una de las problemáticas evidentes es que se cronifica  pasando de generación en generación, ya que las desigualdades cada vez se refuerzan más entre sí. Para poder hacer frente a este fenómeno, es necesario ir a su origen como las políticas, las leyes, costumbres propias de la cultura o la corrupción y afecta en mayor medida a ciertos grupos sociales y a las mujeres. 

La capacidad de las personas privilegiadas de incidir en las políticas que se elaboran en las distintas regiones tienen como consecuencia que no sean tenidas en cuenta las necesidades de otros grupos sociales y, por lo tanto, que estas no sean respondidas. Además, las consecuencias no solo se centran en la riqueza o en los ingresos, sino también en el acceso a servicios de salud o a una educación de calidad y en la expectativa de vida; son, asimismo, estos grupos sociales los más perjudicados por el cambio climático debido a la falta de agua, a la degradación del suelo o a la polución del aire. 

Romper con estas influencias de algunos pocos y garantizar que no sean corrompidos los procesos democráticos atendiendo y dando respuesta a todos los grupos y géneros se torna en una pieza fundamental para poder garantizar un desarrollo sostenible real y efectivo. 

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