A pesar de que las sanciones aún pueden no ser satisfactorias para las víctimas, cada vez están saliendo a la luz más casos de acoso sexual en las universidades, lo cual genera un conocimiento y una opinión públicas sobre los hechos, a vergüenza de quienes los cometen.

Recientemente han salido a la luz los hechos ocurridos en junio de 2015 en la Universidad de Granada, cuando un director de tesis del Instituto de Biotecnología de la misma universidad entró en el ordenador de la doctoranda para instalarle un programa de espionaje. El programa capturaba las teclas que ella pulsaba y lo mandaba directamente a quien controlaba el programa, el director. Existen programas de este tipo que pueden instalarse sin apenas conocimientos informáticos. 

La víctima del acoso pudo identificar lo que estaba sucediendo al comprobar que alguien había manipulado su cuenta de Facebook. De ahí, miró el historial de navegación y pudo ver todas las huellas de cómo le habían instalado el programa de espionaje en el equipo. 

A pesar de que el director confirmó los hechos y ha sido condenado por ellos, la universidad nunca cambió al director de la tesis, que finalmente fue presentada en otra universidad en Barcelona en diciembre de 2018 y no ha sido apartado de la universidad, solamente del cargo de director de tesis. Aunque haya sido la víctima la que se ha visto obligada a cambiar de universidad, y no el director, la sentencia por el caso arropa luz sobre la necesidad de romper el silencio contra el acoso sexual en las universidades españolas y el posicionamiento claro contra la estructura de poder que los silencia.

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