Cuando el único acceso a los audiovisuales era la televisión, la familia compartía tiempo y programas. Llegado el ordenador, los escolares obtuvieron autonomía con la máquina digital colocada en su habitación. Y ya con el móvil, el amplio mundo a su alcance y sin vigilancia por parte de nadie.

Al efecto, Emmanuel Macron quiere poner bajo control el acceso de las criaturas a la pornografía a través de las webs. En el seno del reciente fórum del Día Universal de la Infancia que se celebra cada 20 de noviembre, fecha en que la ONU aprobó la Declaración de los Derechos del Niño, en 1959, el Presidente francés ha explicitado su propósito de poner coto a las webs pornográficas.

En un máximo de seis meses, las redes deberán implementar un sistema que permita comprobar la edad del usuario e impedir el acceso a los menores de edad. Está probado que en Francia, como en otros lugares, la mediana de edad en que se accede a los productos pornográficos es de 13 años. El conocimiento de la sexualidad deriva entonces de prácticas vejatorias para las mujeres y deshumanizadas en cuanto a los hombres. 

La pregunta a hacerse atañe a la eficacia de la reglamentación que Macron desea imponer. Sabidas las triquiñuelas informáticas que se hallan al alcance, es posible que en muchas ocasiones los menores encuentren caminos para saltarse las reglas. No obstante, romper barreras no resulta tan cómodo como hallar el camino expedito. Cualquier intento de proteger a niños y niñas de la tergiversación sexual valdrá la pena.

Por lo demás, los expertos en infancia consideran que un buen sistema radica en que sean los padres y madres los que a una temprana edad aborden la temática sexual con sus hijos. Sin duda, resultaría positivo dado que se haría en abierto, a la luz del día y cara a cara. La confianza entre retoños y progenitores aumentaría. Sin embargo, continuaría existiendo un espacio particular inaccesible: el móvil, en especial cuando hijos e hijas dan las buenas noches y se recluyen en su dormitorio. “Buenas noches” no siempre significada, “me voy a dormir”. En la actualidad, en ciertos aspectos, el individuo es mucho más libre desde la tierna infancia que en ninguna otra época. Para bien y para mal. 

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