A los 31 años de edad, Vincent Lambert tuvo la desgracia de sufrir un accidente de tránsito que lo dejó tetrapléjico y que pronto lo sumió en un estado vegetativo. Ha debido transcurrir más de una década para que una eutanasia pasiva -ausencia de la conservación artificial de la vida-, haya puesto fin a su padecimiento.

Sí, padecimiento, puesto que ningún certificado médico puede garantizar que las personas en estado vegetativo están totalmente inconscientes, que no sienten ni física ni emocionalmente. Ellas no pueden expresarse, ni vuelven a la verdadera vida para contar cómo se encontraban.

En lenguaje llano, se explica que no pueden hablar, ni seguir indicaciones, ni mover sus miembros, algo fácilmente perceptible, pero además se añade que no tienen conciencia de sí mismos ni de aquello que les rodea.  Con todo el respeto por la medicina, nada impide que nos preguntemos si esto último se puede afirmar rotundamente.

Se trata de una incógnita que no le ha ahorrado al desdichado Lambert posibles angustias tanto corporales como afectivas a lo largo de tantos años. La Justicia ha debido intervenir para arbitrar entre la opinión facultativa y de una parte de la familia, favorables a poner fin al mantenimiento artificial de Lambert, y la de los padres y otros parientes, contrarios a tal decisión. El aval del Tribunal de Casación ha servido para que, finalmente, Vincent Lambert haya fallecido libre de artilugios y sedado.

Un millón de firmas se han presentado en el Congreso español recabando la despenalización de la eutanasia. Se entiende que activa, dado que la pasiva se admite por lo común, con la salvedad de mentes acérrimas defensoras de la incluso en el caso de que comporte ensañamiento. Acabará por aprobarse una Ley sobre la eutanasia activa que tendrá que ser dictada con tiento, ejercida con honestidad y vigilada en todo momento por las autoridades pertinentes.

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