Khalida Popal, nacida en Kabul en 1987, descubrió el fútbol a los 16 años y fue jugadora de fútbol de alto rendimiento hasta que una lesión de rodilla la apartó de los terrenos de juego. Abandonó la pista, pero no su compromiso con el feminismo y la erradicación de la violencia de género. Su posicionamiento y valentía la han llevado a ser una de las personas que ha roto el silencio y denunciado ante la comunidad internacional los abusos y la violencia sexual que las jugadoras de la 

Khalida Popal

federación deportiva nacional estaban sufriendo por parte del presidente y otros miembros de la selección afgana de fútbol que, tal y como declara K. Popal en una entrevista para El Mundoviolaban a menores de edad, niñas del equipo nacional de fútbol en busca de un sueño, en una habitación secreta de las dependencias federativas.

El activismo de K. Popal comenzó hace mucho más tiempo, en 2007 cuando jugó por primera vez con su país. Según recoge PÚBLICO, su objetivo en la vida es “defender la voz de cada mujer silenciada en el mundo” y por ello creó, junto a otras compañeras, la selección femenina de fútbol en Afganistán, a la que posteriormente han seguido otros proyectos. No les resultó nada fácil por tratarse de un contexto hostil, en guerra, en el que las mujeres especialmente, así como los y las niñas, sufrían una constante vulneración los Derechos Humanos.  De hecho, la activista cuenta que su vida, como la de las integrantes de aquel equipo y sus familiares, se vió amenazada y por ello acabó refugiándose en Dinamarca al igual que otras compañeras, con el fin de  salvaguardar su voz y servir de ejemplo a muchas mujeres alrededor del mundo para que usaran el poder del fútbol y del deporte en general, aunque para llegar hasta allí antes tuvo que pasar por un campo de refugiados y refugiadas.

El exilio no debilitó el vínculo con su país y las ganas por transformar y mejorar determinados contextos. Gracias a ese tesón y entrega, en estos momentos miles de mujeres en todo Afganistán, juegan al fútbol y, en la actualidad, K. Popal apoya varios proyectos y actividades en su país de origen, enfocados a mejorar las condiciones de vida de las mujeres. Por otra parte, ya en Dinamarca, la joven afgana, impulsó proyectos como Girl Power Organisation, una organización que trabaja por construir puentes entre las inmigrantes y la sociedad local en la que viven y conseguir la inclusión de las refugiadas a través del deporte, en dos áreas geográficas: en Europa, apoyando y potenciando a las mujeres y niñas refugiadas, migrantes y personas LGTBI+  mediante el deporte y la construcción de redes y actividades que les ayuden a desarrollar el liderazgo, y en Asia proporcionando a las mujeres y niñas que se encuentran en las zonas rurales educación y actividades deportivas con el fin de concienciar y crear oportunidades para acceder a una vida mejor para ellas.  

Paralelamente y lejos de renunciar a la lucha por erradicar la violencia y las desigualdades que sufren las mujeres, K. Popal continúa realizando campamentos en el extranjero para las niñas y jóvenes que optan a jugar en la selección afgana de fútbol, fiel a su país y a sus orígenes.

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