Durante siglos, el mundo ha demostrado su misoginia admirando y calificando de sabios a los más conspicuos misóginos. Al respecto, recién ha caído en mis manos una recopilación de agravios históricos contra las mujeres publicada por Ramon N. Nogués, catedrático emérito de Antropología de la UAB, bajo el epígrafe de Dona, sexes i religions. De entre las asombrosas perlas que consigna, merece la pena extraer algunas.

En palabras de Confucio, “es tanta la estupidez del carácter de la mujer que en todas las cuestiones necesita desconfiar de ella misma y obedecer al marido”. No le fueron a la zaga grecolatinos como Aristóteles o Cicerón. “El hombre es superior por naturaleza y la mujer es inferior; uno manda y la otra es mandada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad”, dictaminó el primero, mientras que el segundo sentenció que, “considerando la debilidad del juicio de las mujeres, nuestros antepasados decidieron someterlas al poder de los tutores”.

Ante tanta magnificencia de los clásicos, los renacentistas no podían hacerse de menos. Abrumadora la certificación de Ambroise Paré, cirujano de reyes durante el siglo XVI: “Si los órganos sexuales de la mujer están en el interior, contrariamente a los del hombre, es debido a la debilidad de su naturaleza que no puede expeler al exterior las susodichas partes, como hace el hombre”. Más claro el agua, aunque sea sucia.  Por lo demás, otros mundialmente celebrados hombres han ido aportando sus preclaros conceptos, desde Erasmo de Rotterdam, “la mujer es un animal inepto y estúpido, aunque agradable y gracioso”, pasando por Nietzsche, “las mujeres son seres hechos para la domesticidad y no consiguen su perfección si no es en una situación subalterna”, hasta Einstein, “la vida no me ha ido mal, dado que he sobrevivido al nazismo y a mis dos esposas”.

Registremos, a modo de colofón, un aforismo de San Agustín: “No veo por qué clase de ayuda la mujer haya sido creada para el hombre, si se excluye el de la procreación”. Contundente, pleno, haciendo superfluos los axiomas de la pléyade de reconocidos sabios. En efecto, se hace patente, por un lado, que todo en el universo debe estar al servicio del hombre; por otro, que más allá de parir la mujer no vale nada. Ni madre, ni hija, ni hermana. No hay, pues, ni amor ni respeto.

Hombres, y también mujeres, han colocado y mantenido en el pedestal de la sabiduría a personajes como los mencionados junto a otros muchos. Sí, una misoginia ancestral y universal.

 

Secciones: Al reverso portada

Si quieres, puedes escribir tu aportación