Existen derechos masculinos hacia los cuales las mujeres no deberían avanzar. No deberían ser militares, ni toreras, ni, más complejo, directivas de negocios en los que se explota a los trabajadores.

Imitar a los hombres convirtiéndose en soldado, colgándose galones, participando en guerras no constituye un progreso ni para el género femenino ni para el mundo en conjunto. No hay grandeza en Alejandro Magno, Napoleón y otros guerreros. La habría en seguir la senda de Mohandas Gandhi o Martin Luther King, defensores de la no violencia como potente medio para conseguir el cambio social hacia mejor. Ambos asesinados; no obstante, triunfadores en los que inspirarse.

No debería haber mujeres toreras, no es un paso hacia adelante entrar en el juego de la tortura animal. Que una mujer esgrima muleta y espada frente al toro no constituye un acto de superación sino de descenso a una crueldad ancestralmente masculina. Una acción equivocada.

Más complicado puede parecer objetar el ascenso femenino a puestos de responsabilidad, de alta dirección en empresas que, aun siendo legales (no cabe mencionar aquí las delictivas), ejercen la explotación laboral. Pese al atractivo de alcanzar altos cargos, negarse a formar parte de prácticas basadas en condiciones laborales precarias, en discriminaciones por cuestión de sexo y otras circunstancias, en el enriquecimiento a costa de salarios miserables, negarse a ser como ellos en tal terreno sería feminismo auténtico.

Es prédica común defender la presencia creciente de mujeres en la organización y dirección del mundo como garantía de conseguir una sociedad más justa. Forzoso resulta, en consecuencia, negarse a copiar los errores que a lo largo de los siglos han cometido los hombres.

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