Hildegarda von Bingen

En la inestimable Tabla Periódica de las Científicas, concebida por Teresa Valdés-Solís, aparece una mujer nacida en los inicios del siglo XI, en medio del oscurantismo atribuido al Medievo. Se trata de Hildegarda von Bingen, santa desde el año 2012, cuando fue proclamada por el Papa Benedicto XVI, el cual a su vez la reconoció como doctora de la Iglesia.

Hace casi mil años, en 1098, nació en Alemania para convertirse en una monja benedictina que llegaría a ser abadesa, para convertirse en escritora, en compositora y, especialmente, en científica. Entre sus principales obras se encuentra, “Sutileza de la diversa naturaleza de las cosas creadas”, delicado título para un estudio al que se dedicó entre 1151 y 1158. No sería publicado hasta el siglo XIV, y al salir a la luz fue separado en dos volúmenes, uno consagrado a la Medicina simple, y el otro, a la Medicina compleja. En el primero se recopilan conocimientos de zoología, mineralogía y botánica, mientras que el segundo trata de la curación de más de cien enfermedades.

Habiendo asistido a muchos enfermos en el hospital del convento de Rupertsberg, fundado por ella misma en 1150, Hildegarda von Bingen explicitaba tratamientos que había puesto en práctica con éxito. No por mera experiencia sino a partir de sus conocimientos sobre las plantas y sus principios activos, sobre fisiología e incluso sobre física.   

Por añadidura, se adentró en el cosmos y en el lugar que el ser humano ocupa en el universo. En su biografía también se sostiene que escribió sobre la sexualidad más allá del objetivo de procrear, exponiendo las distinciones entre el placer de los hombres y el de las mujeres, llegando incluso a describir el orgasmo femenino. En este punto, forzoso es preguntarse cómo fue esto posible. ¿Una voz ajena la informó? ¿Lo sabía por experiencia?

La científica y santa falleció en 1179, en plena Edad Media. Había aportado saber y vigor en un mundo acechado por los dogmas, las supersticiones y el patriarcado. Santificada y científica, Hildegarda von Bingen brilló como una gema sorprendente.

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