UNICEF ha publicado este mes de septiembre A través de los ojos de la infancia: cómo las tecnologías digitales facilitan el abuso infantil, que aporta un componente especialmente relevante para avanzar en la prevención: la inclusión de sus voces. La investigación, realizada en el marco del proyecto Disrupting Harm que, desarrollado junto a ECPAT International e INTERPOL, recoge encuestas a cerca de 21.000 adolescentes de 12 a 17 años de 21 países y entrevistas en profundidad a más de 100 jóvenes que sufrieron estas formas de abuso durante su infancia. Los testimonios expresan miedo, vergüenza, confusión y aislamiento, un sufrimiento muy duro de recordar, pero, según UNICEF, esto permite comprender mejor qué barreras encuentran cuando necesitan ayuda. Más de cuatro de cada diez situaciones no fueron contadas a nadie y menos del 1% llegaron al conocimiento de la policía, de los servicios sociales o de las líneas de ayuda. Según se recoge en sus voces, una de las razones más frecuentes para guardar silencio fue, precisamente, no saber dónde acudir ni a quién contárselo.
Escuchar a las niñas y niños ha permitido desplazar el foco desde lo que deberían hacer para protegerse hacia cómo hacemos las personas adultas para construir entornos seguros y protectores en los que puedan pedir ayuda y ser escuchados si sufren algún episodio de abuso. UNICEF señala la necesidad de crear sistemas de denuncia y apoyo en los que puedan confiar y de garantizar que familias, escuelas y comunidades sepan responder y acompañarles en la búsqueda de ayuda segura. Algo muy importante cuando el propio informe cuestiona la imagen del agresor como un desconocido que aparece únicamente en Internet: en el 57% de las experiencias analizadas estaba implicada una persona que el niño o la niña, como amistades, parejas, familiares u otros menores.
Sin embargo, la prevención tampoco se limita a enseñar a la infancia a usar Internet con precaución. UNICEF reclama plataformas digitales seguras desde su diseño, con mayor protección de la privacidad, restricciones a los contactos no solicitados con personas adultas, sistemas de recomendación más seguros y mejores mecanismos para detectar y comunicar los abusos. En coherencia con esto, propone reforzar la legislación, la regulación y la rendición de cuentas ante nuevas formas de violencia, como la extorsión sexual o los materiales de abuso sexual generados mediante inteligencia artificial. La responsabilidad de garantizar espacios digitales seguros se sitúa así también en gobiernos, empresas tecnológicas y sistemas de protección, y no en quienes pueden sufrir la violencia.
Esta transformación requiere, además, actuar sobre aquello que hace posible y silencia la violencia. Entre sus recomendaciones, UNICEF señala expresamente la necesidad de cuestionar el modo en que muchas veces se normaliza la hipersexualización de las niñas y/o se estigmatiza a las supervivientes de abuso sexual. Incorporar sus voces no significa trasladarles la responsabilidad de encontrar las soluciones, sino generar contextos protectores en los que niños y niñas sepan poner nombre a lo que les ocurre, contar lo que les ocurre y encuentren personas que se posicionen, que les crean y apoyen, que denuncien por quienes no pueden hacerlo por sí mismos y que tengan acceso a respuestas eficaces.
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