Escuchar una canción que nos gusta puede hacer que el dolor se perciba con menor intensidad. Sin embargo, la ciencia todavía no comprende por completo por qué sucede. Una nueva revisión publicada en la revista científica PAIN Reports ha recopilado la evidencia disponible para identificar los mecanismos biológicos, psicológicos y sociales que podrían explicar el efecto analgésico de las intervenciones basadas en la música.
La investigación ha sido liderada por Joke Bradt, profesora de la Facultad de Enfermería y Profesiones de la Salud de la Universidad Drexel, en Estados Unidos, y directora de la red interdisciplinaria Music4Pain Research Network. En el trabajo han participado especialistas de la Universidad de Indiana en Indianápolis, la Universidad de Washington, la Universidad McGill, la Universidad de Memphis, la Universidad de California en Irvine, la Universidad de California en San Diego, la Universidad de Padua y otros centros de investigación.
El equipo examinó 663 publicaciones localizadas en cinco bases de datos científicas y seleccionó 57 estudios que analizaban mecanismos, factores moderadores o predictores de los efectos de la música sobre el dolor clínico o inducido experimentalmente. Los resultados muestran evidencias convergentes en torno a tres mecanismos especialmente prometedore, la valencia emocional positiva, la agencia o poder elegir la música que acompaña aumenta sus efectos beneficiosos, la sincronización sensoriomotora, acompañar la música siguiendo el ritmo podría realizar un efecto mayor que limitarse a escucharla. La investigación apunta, así, a que no existe necesariamente una “música analgésica” universal. La relación personal con la música, la posibilidad de decidir y el grado de participación pueden ser componentes centrales de su efecto. Uno de los estudios examinados encontró, además, que cantar junto con la música resultaba más efectivo que escucharla pasivamente.
La música no actúa únicamente como distracción
Los estudios de neuroimagen incluidos en la revisión sugieren que la música puede influir tanto en las primeras etapas del procesamiento cerebral del dolor como en la manera en que, posteriormente, este se interpreta desde el punto de vista cognitivo y emocional. Por tanto, sus efectos podrían ir más allá de una simple distracción momentánea. Además, se encontraron indicios preliminares de que la música podría favorecer la recuperación de la conectividad de la denominada red neuronal por defecto, relacionada con los pensamientos sobre una misma persona y con los procesos de rumiación que pueden acompañar al dolor persistente. En este sentido, estudios previos realizados con personas con fibromialgia ya habían observado, tras una intervención musical, cambios en la conexión entre esta red y la ínsula cerebral, junto con una reducción temporal del dolor. Aunque estos resultados todavía deben confirmarse mediante investigaciones más amplias, abren una vía esperanzadora para comprender cómo la música puede contribuir al bienestar de quienes conviven con dolor crónico.
Futuras aplicaciones y limitaciones a resolver
Conocer mejor estos mecanismos puede ayudar a desarrollar intervenciones complementarias más precisas para personas con dolor agudo o crónico. En la práctica clínica, estas intervenciones pueden abarcar desde escuchar música escogida por la propia persona hasta participar en experiencias dirigidas por profesionales siempre y cuando sean escogidas y no impuestas. No obstante, las autoras y autores señalan limitaciones importantes. La mayoría de los estudios revisados utilizaron modelos de dolor experimental con personas sanas y solo cuatro investigaron la creación musical activa; los demás se centraron en la escucha de grabaciones. Por tanto, todavía no puede asegurarse de que todos los mecanismos identificados funcionen del mismo modo en personas con dolor crónico.
La música no debe entenderse como un sustituto automático de la atención médica ni de los tratamientos prescritos. La aportación de esta revisión consiste en señalar qué vías merecen ser investigadas mediante ensayos más rigurosos y con población clínica. Si futuras investigaciones confirman estos resultados, la música podría integrarse de forma más sistemática como herramienta complementaria para reducir el sufrimiento, reforzar la autonomía de las personas y mejorar la calidad y la humanización de los tratamientos contra el dolor.
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