En los últimos años, el stalking —o acoso reiterado— ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un delito reconocido en diversas legislaciones contemporáneas. Aunque sus manifestaciones pueden adoptar diversas formas, todas comparten un rasgo esencial: la repetición sistemática de conductas dirigidas a interferir en la libertad, la tranquilidad o la vida cotidiana de la persona o del grupo de personas acechados de forma permanente con consecuencias en la salud graves como el estrés continuado causa de múltiples enfermedades.
Países como España, Italia, Alemania, Reino Unido o Estados Unidos han incorporado el acoso reiterado (stalking) en sus códigos y leyes específicas, subrayando que no solo la amenaza directa constituye un ataque a la libertad personal: también lo hace ese conjunto de actos reiterados que, sumados, generan miedo, angustia o una alteración sustancial de la vida, tanto profesional como personal, de quienes los sufren.
Esta conducta, que en su origen se vinculaba a la persecución individual y silenciosa, ha evolucionado hasta abarcar también modalidades colectivas y estratégicas. Por intereses comunes o dispares, ciertos grupos encuentran en perseguir a una persona —o a un conjunto de personas— su principal vía de satisfacción. De hecho, como evidencian diversos estudios científicos, también pueden identificarse conductas en personas adultas propias de bullies: deciden a quién hacer daño, destruir, perseguir para provocar miedo o aislamiento, y lo ejecutan fríamente, lo cual resulta particularmente paradójico, tratándose de personas adultas
¿Y cómo lo hacen? Si abriéramos un hilo en X (antes Twitter) para preguntar cómo se ejerce este acoso reiterado, habría una infinidad de respuestas. Pero hoy voy a compartir dos ejemplos:
1) Crearse perfiles falsos para publicar posts difamadores. Ante cualquier publicación o intervención, como se suele decir, ahí están los y las trolls, acechando. A veces hacen turnos y, cuando alguien publica, al segundo o al minuto ya están ahí, con un comportamiento especialmente insistente y hostil, como lo describen múltiples víctimas. Recuerdo que, en una sesión, unas jóvenes me decían que este tipo de acoso lo tenían muy identificado porque muchos bullies lo hacen y que es muy cringe, junto con la afirmación: “¡Es que son muy cobardes!”.
2) Ejercer presión sobre cualquier persona o institución que decida, libremente, colaborar con la persona o el grupo a quien están atacando repetidamente. ¿Y cómo es esto? Muy fácil: vigilan todos sus movimientos por redes o por otros canales y saben que su “objetivo” acudirá a un evento; llaman a la institución —ya sea mediante un intermediario, un colega, un periodista afín o quien, ese día, ha librado de sus quehaceres para participar en un acto de acoso reiterado—. A la institución o persona contactada se le insiste para que no colabore, bajo la coacción de que, si no lo hace, podría enfrentarse, debido a estas presiones, a consecuencias negativas para su reputación. Debe elegir entre “estar tranquilo/a” y seguir ejerciendo su libertad, con la advertencia de que, si no cede, será señalada y así los presionan.
Quieren seguir ejerciendo la violencia mediante la imposición simbólica de su presencia en la vida de las víctimas a través de sus conductas obsesivas y reiteradas, para provocar daño a sus víctimas, quieren que sufran y que sientan estar perseguidas allá donde vayan, con todas las consecuencias de salud que ello comporta, ya reportadas por diversos estudios. ¿Ridículo, verdad? Y violento, muy violento, por eso diferentes países han legislado estas conductas como delictivas, y se constituye como stalking o acoso reiterado y, cuando es online, se le denomina cyberstalking.
Seguro que este tipo de conductas os suena. A mí sí. Y mucho. Cada día recibo información de personas de muy diversas índoles que sufren este tipo de acoso. Y la buena noticia, como vimos esta semana en DF Diario Feminista, es que cada vez más la sociedad se está plantando ante este tipo de comportamiento, porque somos más quienes queremos vivir en libertad y no bajo la presión de grupos totalitarios o de personas que actúan con dinámicas de control social que recuerdan, metafóricamente, a prácticas de imposición totalitaria. como la inquisición española.
Pero también lo sé por experiencia. Desde hace 23 años sufro acoso hacia mi persona, así como acoso reiterado hacia quienes me apoyaron desde que rompí el silencio sobre el abuso que sufrí siendo menor. Y en estos 23 años también he sido testigo de incontables interacciones de acoso persistente online —en concreto desde 2004—, año tras año, repitiéndose la misma estrategia. Las complicidades van cambiando: a veces son unos/as, otras veces son otros/as; en ocasiones se coordinan, incluso aquellos que en su día se detestaban se unen para el objetivo mayor, que es acechar permanentemente a quienes quieren destruir. En otras ocasiones, algunas personas pueden llegar a percibir que han sido instrumentalizadas para colaborar en estas dinámicas; otras aprenden tácticas lingüísticas para no ser “denunciadas”, porque acaban viendo que quien diseña todo el acoso reiterado nunca toma riesgos: hace que sean otros u otras quienes lo hagan, porque sabe perfectamente que su conducta es delictiva, y quiere cubrirse las espaldas aunque no duda en arrojar a quien tiene al lado para sus intereses. Por eso se esconden, intentan no dejar rastro, pero todo se ve, incluso cuando creen, falsamente, que tras una máscara nadie los identifica.
Así que, si algo he aprendido a lo largo de estos años, es que, por mi salud —y por la de quienes siempre han luchado por la libertad—, decidí hace tiempo focalizarme en las personas valientes que, a pesar de toda esta presión insostenible, siguen apoyando a las víctimas y supervivientes, así como también las que me han apoyado. Personas con un gran corazón e intelecto, con un sentido de la libertad tan infinito como cuando miras al mar y no alcanzas a ver su límite. Personas que no ceden ante ningún muro impuesto por ningún acechador ni acechadora. Eso es lo que me otorga felicidad y la mejor medicina frente a las consecuencias en mi salud que aún sigo gestionando tras casi 30 años de sufrir violencia continuada.
La esperanza, la maravilla de ver cómo se suman cada vez más personas que no ceden a estas presiones y ejemplos de sociedades que ya han avanzado para no seguir tolerándolas.
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Presidenta de la Asociación CSAS (Survivors of Children Sexual Abuse) – Science and Friendship. Directora de DF Diario Feminista. Profesora de Periodismo y Comunicación Universitat Autònoma de Barcelona.
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