En las últimas semanas he leído cómo se nos ha atribuido a algunas chicas jóvenes, que estamos alzando nuestra voz sobre lo que hemos vivido, ciertos atributos que me han recordado a las historias que muchas mujeres que han contribuido durante décadas al feminismo, cuentan sobre las reacciones que enfrentaban por parte de quienes querían frenar esos avances. Me refiero a cuando nos dicen que tenemos un “líder” que dicta lo que hacemos, como si necesitáramos de un hombre, mayor que nosotras y en una posición jerárquica superior, para cada decisión que tomamos.
Las historias de esas feministas narraban situaciones muy similares: sus palabras, actos y logros eran atribuidos a un hombre, como si ellas no pudieran pensar, crear o actuar por sí solas. Muchas mujeres que han contribuido a la sociedad han tenido que enfrentar ese machismo que intenta borrar sus aportes o entregárselos a figuras masculinas. Safo, poeta de la Antigua Grecia, cuya obra fue durante mucho tiempo atribuida a otros hombres. Lise Meitner descubrió la fisión nuclear junto a Otto Hahn, pero solo él recibió el Nobel que le atribuyó los logros de Meitner. Marie Skłodowska Curie enfrentó constantes cuestionamientos sobre si sus logros científicos habían sido en realidad obra de su marido.
El cuestionamiento de las capacidades de las mujeres ha sido una constante en todas las intenciones que a lo largo de la historia han existido por silenciarlas. Estas intenciones pueden verse aún hoy tanto por parte de hombres como de mujeres, que quieren disfrazar un machismo muy tradicional con una supuesta preocupación y moralidad superior que les da el derecho a hablar por nosotras. Nos imponen un líder y nos dicen cuál. No nos preguntan, no hablan con nosotras, pero afirman que nuestras palabras y acciones son en realidad obra de quien ellas han decidido. Quieren negarnos, fomentando la idea de que el liderazgo, la autoridad y la inteligencia deben pertenecer a un hombre.
Estas personas disfrazadas de progresistas actúan de forma muy reaccionaria, utilizando la etiqueta feminista para silenciarnos. Además de machista, tiene consecuencias muy negativas para la sociedad porque en nombre del feminismo se contribuye a excluir a quienes reivindican su derecho a vivir libres de violencia. Se hacen llamar feministas para ganar popularidad entre quienes solo se fijan en la etiqueta, pero cuando las chicas hablamos nos descalifican diciendo que deliramos o que un líder guía nuestras palabras. Yo tengo 27 años, soy una jóven feminista y tengo claro que soy mucho más libre que esas que me atribuyen un líder sin mi consentimiento. Por eso, porque soy libre, defiendo la libertad de las demás. Ellas cohartan la nuestra, nuestra libertad y nuestra identidad, porque no son libres y proyectan sobre nosotras su propia sumisión.
Las feministas de verdad, las que luchan toda la vida por mejorar la sociedad, no querrán nunca silenciarnos a las jóvenes feministas. Unirán nuestras voces a las suyas para seguir contribuyendo.
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