Me habían explicado que hubo una época en la que las mujeres estaban en casa, se quedaban limpiando y haciendo las tareas domésticas para los hombres. En ocasiones, durante el franquismo estas mujeres escuchaban en la radio programas como el que se comenzó a emitir en 1963, La fama consorte, un programa de entrevistas donde se daba voz a las esposas de personajes famosos y reconocidos. Siguiendo la lógica del «detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer», aquel espacio intentaba, a su manera, visibilizar a esas mujeres que la sociedad acostumbraba a relegar a las sombras. No se las reconocía por su trabajo, sus capacidades o su propia historia, sino por el rol que cumplían en función del éxito masculino.
Esa época en la que las mujeres quedaban sistemáticamente relegadas a un segundo plano parecía quedar atrás gracias a las conquistas feministas durante la democracia, a los movimientos que con coraje y constancia han desmontado estereotipos y abierto puertas hacia una mayor libertad. Las mujeres han demostrado y siguen demostrando que pueden liderar, crear, decidir, transformar y dirigir. Sin embargo, todavía hoy nos enfrentamos a titulares, artículos y discursos donde el lenguaje delata la persistencia de aquel machismo franquista, ahora disfrazado de progresismo y feminismo.
El CREA tiene desde el año 2006 una directora, Doctora por Harvard, la primera española que consiguió ese título en ese ámbito por esa Universidad. Pero hay machistas, hombres y mujeres, tan retrógrados que son incapaces de aceptar que una mujer pueda dirigir un centro de tan alto nivel científico y destacado a nivel mundial por su apoyo a las víctimas. Como mucho solo llegan a ver lo que ese programa en la época franquista decía, “si es una gran mujer, estará detrás de un gran hombre”. El machismo les pone unas gafas que resultan opacas incluso para ver que, después de décadas de muchos sociólogos españoles intentando presidir la Asociación Europea de Sociología, ha sido una mujer la que lo ha conseguido, precisamente esa misma directora.
Cuando se habla de líderes refiriéndose a hombres y se invisibilizan las directoras, se enmascara una realidad bajo la supuesta neutralidad del lenguaje. Pero lo que parece universal y neutro es, en realidad, profundamente excluyente. Decir «líderes» cuando las protagonistas son mujeres no solo las invisibiliza, sino que oculta los avances logrados con tanto esfuerzo. No es una cuestión de palabras, es una cuestión de reconocimiento y sabemos que el lenguaje construye realidades.
Por eso, nombrar a las mujeres, visibilizar sus cargos, hablar de ellas como lo que son: directoras, científicas, ministras, arquitectas… no es una cuestión de corrección política, es una cuestión de justicia. Porque mientras el machismo ve «líderes», el feminismo ve directoras, jefas, presidentas y referentes.
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