Perdón por la tautología; no se puede ser filántropa si no se es rica. Bien, Melinda ya no es únicamente Gates sino que, a raíz de haberse divorciado de Bill Gates, ha añadido French a su apellido. Que quede claro que de ahora en adelante irá sola por el mundo. Y podrá hacerlo sin ahogos económicos, lo cual le proporcionará mucha tranquilidad, además de permitir que prosiga con su amor al género humano, que es cómo el diccionario define la filantropía.

Con ocasión de haberse hecho público su divorcio, se ha conocido que, repartiéndose a partes iguales el patrimonio, a cada ex cónyuge le corresponderán alrededor de 70.000 millones de dólares, una cifra capaz de aturdir a la globalidad de la gente salvo una selecta minoría. Con semejante respaldo, ¡qué gran filántropa, o filántropo, se puede ser! De ahí que la filantropía del ex matrimonio se haya hecho proverbial. 

Es sabido que la Fundación Bill y Melinda Gates, creada el año 2000, ha destinado millones de dólares a combatir la miseria y la enfermedad en países pobres, actividad por la cual no han dejado de ser aplaudidos durante dos décadas. A lo largo del tiempo, Melinda ha visitado zonas de África y de India donde ha llorado entre los desheredados del planeta. A consignar, por lo demás, que la Fundación ha recibido aportaciones de otros magnates, como los 31.000 millones de dólares de Warren Buffet, importante suma para acrecentar los fondos propios. ¡Qué admirable trío filantrópico! 

Caben preguntas, sin embargo. ¿Los tres acaudalados en cuestión han atesorado tantos millones de dólares en tanto han pagado buenos sueldos a sus empleados, han comprado material a empresas del Tercer Mundo que no tratan a sus trabajadores como ovejas esquilmadas? Esto último por supuesto que es imposible, no existen. Y surge otro interrogante. ¿Por qué en lugar de hacer caridad no establecen empresas tercermundistas en las cuales los proletarios no sean explotados como hasta ahora y ya no necesiten limosna?

En fin, es posible que la filantropía ocasione dudas, que las filántropas y los filántropos no despierten una incondicional empatía.

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