J tuvo la ocasión de comer con una de las víctimas de acoso sexual en la universidad. Las conversaciones giraban entorno al periodismo, los periodistas y la promoción de medios llamados izquierdistas. La víctima decidió preguntarle al señor J, director de uno de los medios izquierdistas con influencia, si conocía la situación de acoso sexual que persiste en las universidades.

A raíz de la pregunta, J se interesó mucho por el tema, cambiando el curso de las conversaciones de la comida. Profundizando, contó a la víctima y a los demás asistentes, que él había sido alumno del profesor más denunciado por acoso en la universidad y que ya en su momento se conocían sus prácticas entre el alumnado. Ante los hechos que le contó la víctima, J le pidió que le escribiera por correo para publicar en su diario un artículo revelador sobre el tema. Tal como quedaron, pocos días después la víctima se puso en contacto con la propuesta de artículo, pero nunca más obtuvo respuesta de su parte.

Quizá fuera porque descubrió que uno de los artículos de su grupo había atacado con dureza a las víctimas de ese catedrático cuyas prácticas conocía desde que era estudiante, había hecho lo que hoy la ley denomina violencia de segundo orden (acoso sexual de segundo orden). Entre ser periodista y rectificar a favor de las víctimas o ser “periodista” con un silencio culpable, eligió lo segundo. Meses más tarde, reconocidos periodistas decidieron dedicar parte de un documental a la violencia de género en las universidades, posicionándose por encima de los que como J optaron por el silencio. 

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