Muy pocos fueron los y las profesoras valientes que, ante el acoso sexual que recibíamos por parte de un compañero de clase en el máster, se atrevieron a defendernos a pesar de los crueles ataques que sabían que recibirían.

Su apoyo solidario y valiente fue esencial para que nosotras, las víctimas del acoso, nos atreviéramos a tirar adelante, a no abandonar nuestros estudios, ni nuestros sueños. Pero su apoyo incondicional vino acompañado de reproches, ataques y críticas por parte de aquellos y aquellas de la institución que siempre habían mirado para otro lado, silenciando a las víctimas por cobardía o por una absurda idea de defender la institución, sin saber que la mejor defensa de la institución es la transparencia y la actuación preventiva desde toda la comunidad ante cualquier caso de acoso.

La violencia de segundo orden que recibieron los y las que se posicionaron con nosotras, sin duda tuvo unas consecuencias que dificultaron mucho que pudiéramos salir adelante. El camino, a pesar de sus ayudas, estaba marcado por un montón de obstáculos que nos iban poniendo los y las cómplices de aquella situación. Gracias a su apoyo pudimos superar el caso y convertirnos en activistas contra el acoso en las universidades. De no haber sido por la violencia de segundo orden, nos habríamos encontrado con un camino sin obstáculos que nos habría permitido superarlo, no al cabo de medio año, sino inmediatamente. 

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