En múltiples ocasiones, llamar o no las cosas por su nombre puede generar conflictos de diferentes naturalezas, sean religiosas, culturales o de identidad, entre otras. Siempre habrá personas que no se sientan identificadas con el uso del lenguaje inclusivo de “los y las”, pero, si esta manera de expresarse ayuda e incluye a todo el mundo y además reconoce el género con que una persona se siente reconocida, ¿por qué no utilizarlo?

La revista Nature publicaba el artículo “Sex, not gender. A plea for accuracy” de Cristina Richie, profesora en 2019 en el centro de Bioética de la Harvard Medical School. El análisis hecho por la doctora Richie se centra en la ética que hay detrás de la diferenciación entre sexo y género y la necesidad de que la ciencia sea más precisa. 

Según el artículo, el sexo está determinado por los cromosomas X e Y. Sabemos que los humanos tenemos 22 parejas de autosomas y otra, la número 23, los cromosomas sexuales, que determina biológicamente el sexo de una persona. El sexo femenino viene determinado porque el cromosoma veintitrés es XX, mientras que el masculino es XY. La precisión hecha por la autora viene como corrección a otro artículo científico que estudió el efecto de la aplicación de células madre en ratones hembras y machos y que utilizó el término “gender”, y no “sex” para referirse a los animales estudiados. Según Richie, no existe un identificador clínico para “género”, por lo que sería más adecuado usar “sexo” cuando se trabaja en el laboratorio.

Mientras el sexo lo determina la biología, la autora incide en que el género viene determinado por expectativas sociales con respecto a la apariencia, el comportamiento, los intereses y el estilo de vida del hombre y la mujer humanos. Además, otra precisión que se debería tener muy clara es que mientras la biología reconoce dos sexos (mencionado como dos géneros por el artículo anterior), la sociedad identifica un amplio abanico de géneros, como el cisgénero, transgénero, género plural, género ambiguo y género queer. 

Si en la biología confundir sexo y género solo indica un lenguaje inexacto, en la sociedad podría llegar a crear conflictos de identidad y dañar a las personas que se identifican con un género distinto a su sexo. El ejemplo que tanto perjudica a las personas, que destaca la profesora Richie, es la catalogación como trastorno mental de la disforia de género, según el cual una persona no está conforme con el sexo con el que ha nacido.

En el alegato presentado por la investigadora queda claro que hay que distinguir correctamente entre los términos sexo y género, que se deberían utilizar correctamente en todos los ámbitos y que, normalizando un uso adecuado de las palabras para identificar los conceptos, es como luchamos hacia un lenguaje más inclusivo.