Muchas cosas no han mejorado desde la época de los westerns, pero es que, además, otras han empeorado. El amor a las armas que muchos estadounidenses sienten cabe interpretarlo como una reminiscencia de siglos anteriores.

En la retina guardamos numerosas imágenes cinematográficas de la conquista del oeste, con pistoleros a diestro y siniestro, forajidos con las cartucheras colmadas, cuatreros, y los sheriffs intentando poner orden e impartir justicia. Pueblos sin ley, armas desenfundadas a la menor ocasión, incursiones contra los llamados pieles rojas, territorios indígenas asolados. Propio del siglo XIX, extendido hasta principios del XX, y finiquitado cuando las costas del Pacífico fueron definitivamente asimiladas. Sin embargo, las armas y el disparo fácil han persistido en sectores de la sociedad cuya mentalidad ha evolucionado escasamente. También ha persistido la atávica discriminación racial, ahora no contra los indígenas, confinados en las denominadas reservas indias, sino contra los negros. 

Decimos peor que en el salvaje oeste porque el pasado 24 de agosto la policía tiroteó a un ciudadano negro por la espalda. Se llama Jacob Blake, tiene 29 años, iba desarmado y no había amenazado en absoluto a los agentes. Según las crónicas, en aquel entonces del oeste americano los sheriffs no disparaban a quemarropa, sino que tenían por misión imponer la paz. Todavía más, ni siquiera los matones disparaban por la espalda, una acción tenida por bochornosa y cobarde.  

El racismo persiste, las protestas y manifestaciones en contra se suceden, una sociedad bipolar, avanzada en ciencia y tecnología pero atrasada en derechos humanos, debería sanar antes de que decaiga inexorablemente.

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