El uso del veneno contra enemigos y rivales ha estado presente entre los poderosos de todos los tiempos. En el Renacimiento, la estirpe de los Borja ostentó, entre realidad y mito, un lugar preeminente entre los envenenadores históricos. La ambición, el nepotismo y la corrupción definieron a una familia nobiliaria valenciano/romana que contó con tres Papas y con una mujer de leyenda: Lucrecia Borja. Pese a que en realidad no fue más que una mercancía valiosa en manos de padre y hermanos, que la casaron a placer por tres veces, a ella se le atribuyen designios y actos perversos. Tachada de cruel y licenciosa, se ha llegado a escribir que disponía de un anillo capaz de contener veneno para verter en la copa que deseara. 

Corta vida la suya, muerta a los 39 años de edad en el postparto de su décimo hijo. Bella y opulenta, depravada o no, estuvo condenada a parir un año tras otro, y a cargar con la peor parte en la historiografía de su corrupto linaje. 

En la era contemporánea, el envenenamiento parecía reservado a las novelas de Agatha Christie. Así se creía hasta que en 2006 murió Aleksandr Litvinenko, ex agente del KGB, envenenado con polonio-210. Supuestamente, y según sus propias acusaciones, el responsable fue Vladímir Putin. Supuestamente, como en las muertes por envenenamiento atribuidas a Lucrecia Borja y su parentela. Doce años más tarde, en 2018, el espía doble ruso Serguéi Skripal y su hija Júlia fueron intoxicados en el Reino Unido con el agente nervioso Novitxok. Por fortuna, no perecieron, pero los británicos acusaron a dos individuos rusos. Y alcanzado el mes de agosto de 2020, Aleksei Navalna, activista opositor de Putin, sufre un colapso después de tomar una taza de té en el aeropuerto de Tomsk. De nuevo sospechas de envenenamiento, supuestamente también instigado por Putin.

Suposiciones, en el siglo XV y en el XXI, concernientes a los Borja o a un presidente. Poder, ambición, ausencia de escrúpulos, verdades y mentiras. Las épocas pasan, la malignidad perdura.

 

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