Existe un egoísmo generalizado, pero también existe un voluntariado que muestra la otra cara de la moneda. El número de personas voluntarias ha ido aumentando en los últimos tiempos, hasta crecer exponencialmente en plena crisis del coronavirus. A más graves penurias, más necesidad de mujeres y hombres altruistas que llenen los espacios a los cuales los servicios públicos no dan abasto.

 A simple vista ya es posible advertir que entre el voluntariado suele haber un gran número de mujeres. Impresión que una sucinta estadística viene a confirmar. Nos referimos a los datos aportados por la Cruz Roja, de los cuales extraemos que el equipo de colaboración está compuesto por mujeres en un 60%. Si queremos saber más, observamos que un 32% de ellas se encuentran entre los 20 y 29 años de edad. Muy jóvenes, pues, y añadamos que más de la mitad del conjunto, un 54%, cuenta con estudios superiores.

Si en circunstancias normales las áreas en que participaban se repartían entre educación, administración y sanidad, la crisis del coronavirus ha conducido a que este último sector se haya convertido en el más activo. Al respecto, valga distinguir entre la ciudadanía la parcela en que hay personas que obvian las medidas de seguridad, atentando no solo contra su salud sino, y más imperdonable, contra la de sus congéneres, y la parcela en que otras personas intentan mitigar los errores, las carencias, la soledad, el sufrimiento en todas sus aristas.

Así es el mundo, por los siglos de los siglos, sin que apenas nada invite a percibir una enmienda esperanzadora. Gente estúpida que lo estropea, y buena gente que intenta arreglar el estropicio.

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