En Arabia Saudí persiste la pena de muerte, se practica la tortura, las mujeres están gravemente discriminadas, pero nada de esto ha impedido que países occidentales democráticos se hayan adscrito a celebrar allí competiciones deportivas. Actualmente, el Rally Dakar y la Supercopa de España. 

Por lo que respecta al Rally, el asunto no es menor. Comenzó en 1978 siendo el Rally París-Dakar, atravesando parte de Europa y de África hasta desembocar en la capital del Senegal. Durante treinta años, los coches patearon unos cuantos países africanos dejando a su vez no despreciables beneficios económicos. Sin embargo, en 2009, la Amaury Sport Organisation (ASO) trasladó la carrera a Sudamérica sin que el Rally abandonara el marchamo Dakar. Cinco países americanos han alojado desde entonces la competición, hasta que en 2020 la ASO ha dado el salto más aparatoso instalándose en un reino árabe totalitario. 

Por su lado, el reino de España tampoco ha mostrado escrúpulos trasladando la Supercopa 2020 a territorio saudí. Parece que por dinero, el que ha abonado el régimen saudí, todo vale, que el dinero borra todo lo relativo a la conculcación de los derechos humanos.  

Otra cara a contemplar, sin embargo, es la posibilidad de que la presencia de mujeres occidentales como espectadoras del torneo haya impulsado una cierta apertura en las leyes sauditas. Durante el torneo, no solo las extranjeras sino también las saudís han podido sentarse en las gradas junto a los hombres. Que el fútbol sirviera para transformar hacia mejor una sociedad ya tendría su mérito. 

Por lo pronto, los hombres del país habrán podido comprobar que ver el rostro y los cabellos de muchas mujeres no los ha corrompido ni ha devastado su mundo. En fin, una vergüenza al obviar el totalitarismo saudita, pero quizás un efecto adyacente de apertura mental. 

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