La poetisa de la que hablaremos en el artículo nació en Uruguay en 1892, y fue una escritora muy importante y reconocida en su momento.

Juana de Ibarbourou está considerada como una de las poetisas más personales de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX. Su nombre figura dentro de la literatura uruguaya del mencionado siglo, junto a nombres tan importantes como María Eugenia Vaz ferreira y Delmira Agustini.

Esta poetisa comenzó pronto a publicar sus poemas en periódicos, sobre todo en La Razón, con el seudónimo de Jeannette d´Ibar.

Posteriormente, publicó los poemarios titulados Las lenguas de diamante, El cántaro fresco, Raíz salvaje. Estas primeras publicaciones se enmarcan dentro del movimiento literario denominado Modernismo, por ello, en su poesía se aprecia predominio de imágenes sensoriales, cromatismo, alusiones bíblicas y míticas, aunque su obra tiene rasgos característicos.

Los temas principales de su obra son: la exaltación sentimental de la entrega amorosa, la maternidad, la belleza física y la naturaleza. Así pues, la temática fundamental de su obra son los sentimientos de la poetisa, en diálogo consigo misma o con la naturaleza.

Progresivamente, Juana de Ibarbourou abandonó el Modernismo y fue ganando en efusión y sinceridad. Así, en sus obra La rosa de los vientos se aprecian características vanguardistas, e incluso se adentra en el Surrealismo. Más tarde, evolucionó hacia la poesía mística.

Juana de Ibarbourou compartió con la escritora Gabriela Mistral una sensibilidad exquisita, la sinceridad de pasión, facilidad y sencillez en la expresión. 

La poetisa obtuvo gran reconocimiento en su época, tal y como hemos dicho anteriormente; poetas de España y Latinoaméica reconocieron su talento, de modo que en 1929 fue proclamada “Juana de América”. 

En 1947 fue elegida miembro de la Academia Nacional de Letras. En 1950 fue designada para presidir la Sociedad Uruguaya de Escritores. En 1959 recibió el Gran Premio Nacional de Literatura, incluso llegó a ser mencionada como candidata al Premio Nobel, en 1958.

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