Chaging Minds surge para crear conciencia sobre la exposición infantil a la violencia y los efectos corrosivos que conlleva en el desarrollo saludable del cerebro. Esta campaña, impulsada por Futures Without Violence, el Departamento de Justicia de Estados Unidos y Ad Council, quiere motivar a las personas adultas que interactúan regularmente con las niñas y niños para que tomen medidas significativas.

Ser testigo en la infancia de eventos traumáticos, como la violencia doméstica, tiroteos o incluso peleas, puede afectar el desarrollo físico del cerebro y conducir a problemas sociales y de salud de por vida. Cuando no se introducen factores protectores, la exposición a la violencia puede concurrir en las trayectorias escolares con resultados educativos más bajos, expulsiones; incluso hay chicos y chicas que acaban siendo derivados a contextos de educación especial. Los informes alertan de un índice muy elevado de infancia expuesta a la violencia o al abuso, ya sea directamente (como víctimas) o indirectamente (como testigos), muchos en sus propios hogares. Los estudios destacan también que uno de los factores de riesgo más recurrente en la infancia que queda expuesta a la violencia es el género. Las niñas y jóvenes están más expuestas a situaciones de violencia.

Una clave de éxito que la ciencia está contrastando es que una sola persona ya podría ser un factor determinante para ayudar a esta niña o niño a superar los efectos de la exposición a una situación de violencia o estrés traumático. Una relación estable, solidaria y de apoyo con una persona de su comunidad, profesorado, familiar, puede liderar una transformación exitosa, no solo en su trayectoria de vida, también en su mente. La referencia de personas adultas afectuosas, solidarias y perseverantes ayuda a la infancia a sanar y a desarrollar esta resiliencia, con un impacto en beneficios para toda la vida, para el aprendizaje, el comportamiento y la salud en general. Por el contrario, la falta de una relación segura en circunstancias similares puede conducir al estrés tóxico y alterar la estructura y función de su cerebro, desde la primera infancia, la adolescencia y la edad adulta.

La resiliencia o la capacidad de una persona para adaptarse con éxito al estrés agudo, contrariamente a algunas creencias populares, no surge de forma “innata” en algunas personas, tampoco es una habilidad fija independiente de las circunstancias, se puede construir a cualquier edad. En este sentido, el factor protector sobre el que existe cada vez más consenso son las buenas interacciones con familiares y amistades que promueven fuertes identidades culturales y sociales, que son también un factor de protección muy relevante. 

En este marco, la labor de la educación con la infancia expuesta a situaciones de violencia es esencial, al brindarles la oportunidad de mejorar su disposición para resolver problemas tanto dentro como fuera de la escuela y para lograr un aprendizaje y desarrollo exitoso en el futuro. Las experiencias positivas, como la exposición a ricas oportunidades de aprendizaje, pueden cambiar la química que codifica los genes en las células cerebrales. Al convertir las aulas en una comunidad de apoyo mutuo, de relaciones ricas cultural y científicamente al tiempo que de buen trato, fortalecemos las bases de una arquitectura cerebral saludable en la infancia. Muy especialmente, maximizamos las oportunidades de las niñas y niños que sufren trayectorias de vida más difíciles.

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