La realidad actual de las personas refugiadas supone una tragedia en sí misma. Primero, por las problemáticas que les fuerzan a abandonar su hogar. Después, por las condiciones infrahumanas de los desplazamientos. Y, además, por las dificultades a las que se tienen que enfrentar cuando finalmente llegan al país de acogida.

Todos estos peligros a los que se ven expuestas las personas refugiadas, en el caso de las mujeres, se multiplican y estas se ven expuestas a, aún, una mayor vulnerabilidad.

Además, se puede ser refugiada por el hecho mismo de ser mujer. Los feminicidios, la mutilación genital, los crímenes de honor, o la trata con fines de explotación sexual son motivos que obligan a mujeres de todo el mundo a ser refugiadas por razones de género.

Asimismo, las mujeres refugiadas sufren formas específicas de violencia y es fundamental comprender la interseccionalidad generada por las diferentes formas de vulnerabilidad que se cruzan en las mujeres que se encuentran en situación de tránsito. Esta simultaneidad de factores de riesgo deja a estas mujeres en una situación de peligro extremo. Por lo cual, se hace vital comprender esta realidad desde una perspectiva holística y emprender acciones que puedan prevenirla y superarla.

El mejor ejemplo de intervención lo encontramos en ellas mismas. Estas mujeres han tenido la valentía para emprender un camino que les permitiera a ellas y a sus familias continuar viviendo. Se han enfrentado a dificultades que hasta resultan difíciles de concebir, y continúan luchando día a día, enfrentándose a todos los obstáculos.

Un gran referente lo encontramos en Jineth Bedoya, periodista y activista superviviente de secuestro y violación en el marco del conflicto armado de Colombia. A raíz de su experiencia, comenzó la campaña No es hora de callar, para denunciar la violencia sexual y construir una red de apoyo y solidaridad de mujeres supervivientes que les permita alzar la voz.

Secciones: Noticias subportada

Si quieres, puedes escribir tu aportación