La noche del 18 al 19 de agosto, en la ciudad de Tarragona, vigilia de fiesta, se genera un espacio en el que “todo vale”. La fiesta de la “remojada”, como tantas otras en todo el mundo, se ha convertido en espacio de introducción de los y las adolescentes a la fiesta perversa, el alcohol, el engaño y el acoso. Desde tiempos remotos la ciudadanía es consciente de que hay ambientes coercitivos en días puntuales, como pueden ser la verbena de San Juan en Catalunya, fiestas populares, etc. que se están convirtiendo en espacios de elevada vulnerabilidad especialmente para las chicas.

La noche del 18 de agosto de 2016 dejó en la ciudad de Tarragona dos denuncias públicas  de acoso sexual y el inicio de las demandas ciudadanas de una respuesta eficaz por parte de las instituciones. La denuncia de la primera víctima llevó consigo el revuelo social y político del que nacieron posteriormente las campañas de prevención y actuación por parte de la institución, que, aunque muy incipientes, van mejorando y generando espacios cada vez más seguros.

A las dos primeras denuncias públicas se suma esta semana la denuncia de una menor de 13 años víctima de violación e intoxicación etílica con el agravante de abuso de superioridad. Casualmente, las tres denuncias que han sido conocidas hasta el momento relatan unos hechos sufridos la misma noche, en la misma franja horaria y en las mismas dos calles paralelas, espacios que ya se venían denunciando anteriormente por su vulnerabilidad, calles muy estrechas, problemas de iluminación, etc. 

La ciudadanía es cada vez más consciente del grave problema que existe en determinados contextos de fiesta o espacios de ocio nocturno donde no hay protocolos de intervención y donde el entorno se rige por las leyes de la jungla. En el caso de la tercera víctima que aquí se expone se trata de una chica de 13 años que fue embriagada por parte de un chico mayor, ante la presencia de una amiga que les acompañó toda la noche. Casos como este hacen replantear profundamente cuál es el papel de las amistades ante un estado grave de riesgo, qué tipo de actitudes y comportamientos adoptamos como “guays” o normales y cuáles no, y especialmente qué tipo de masculinidad envuelve y se apodera de dichas fiestas, con el riesgo que eso conlleva para las chicas.

Ambos casos y la casuística entre ellos permiten replantear, ahora que son fiestas en muchos pueblos y ciudades, dónde vamos a divertirnos por las noches y qué hacemos cuando vemos a otra chica en riesgo. Hasta que no se comprenda la enorme socialización que pone el atractivo en la masculinidad más violenta, los protocolos, aunque imprescindibles, no resolverán la emergencia social que representa ya el acoso y la violencia sexual en espacios de ocio nocturno.

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