La ceremonia de acción de gracias del fin de la ocupación Nazi en Francia el 26 de agosto de 1944 fue una celebración que tenía por imagen una Notre Dame que había logrado una vez más superar las dificultades de uno de los episodios más violentos de la historia mientras que sus campanas, que también tienen nombres de mujer, tocaban al son de la acción de gracias. Notre Dame ha superado siglos de historia y dificultades desde los ataques durante la Revolución Francesa al grave incendio de ayer, manteniendo sin embargo el simbolismo de la unión perfecta entre el cielo y la tierra, siendo una de las más importantes creaciones de la historia del arte y de la humanidad dedicada tan profundamente a la mujer.

El histórico monumento se erigió desde el gótico alzándose sobre los espacios donde anteriormente celtas y romanos habían hecho sus rituales religiosos y donde posteriormente los cristianos edificaron la primera iglesia de París, la Basílica de Saint Etienne, juntándose a la sinagoga judía que estaba edificada al lateral. El obispo Maurice de Sully soñó en aquel espacio de París el nacimiento de un estilo gótico que se alzaba hacia el cielo para alcanzar desde la monumentalidad la divinidad y acercar así la vida urbana a la celestial. Los arquitectos que trabajaron en el proyecto desde 1163 alzaban una obra de arte monumental dedicada a la figura de Nuestra Señora, poniendo el foco de atención en la representación de la Virgen María en su figuración simbólica, así como la figura de Santa Ana, Madre de Nuestra Señora.

De entre las tres portaladas que abren el espacio a los fieles hacia el interior del edificio, ya en 1210 empezaron las obras para la construcción del portal dedicado a Notre Dame, en la parte del medio aparece la dormición de la Virgen María, mientras que en la parte superior aparece la Coronación de Nuestra Señora. Todo ello rodeado por las representaciones de los meses del año, las etapas de la vida y los trabajos y oficios. Esa doble perspectiva presente en toda su creación demuestra de forma tangible la voluntad de acercar la figura de Notre Dame de lo divino a lo diario o terrenal, sin dejarse ninguna perfección el detalle de las figuras y su simbología. Paralelamente, de las puertas de la catedral emerge la representación de Santa Ana, madre de la Virgen María, la cual ya estaba construida en la anterior iglesia que había en París. Santa Ana aparece figurando episodios de la vida junto a la Virgen María junto a la representación de personajes y bestiario representativo del contexto histórico en el que se esculpieron.

El gótico de la mano del obispo Maurice de Sully puso las bases para la reivindicación y la monumentalización de la figura de la mujer en la iglesia, entre lo divino y lo terrenal. Así fue como posteriormente, con la llegada del Romanticismo, la exaltación europea en búsqueda de la libertad, así como una nueva concepción de la Naturaleza y la vida del ser humano dieron a Notre Dame una proyección revolucionaria al monumento que se convierte en puro deseo de avanzar en la libertad de las figuras, el movimiento, la simbología, sin dejar nunca el pasado atrás. De esa transformación de ideales sociales Notre Dame se convierte en la mejor de las alegorías entre la Naturaleza y la representación de la mujer, desde la divinización a lo más romántico, a través de las palabras de Victor Hugo (Notre Dame de París, 1831):

“Y la catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración; otra sombra que la del follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia; u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies.”

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