¿Las propuestas feministas deben incluir bases científicas? Ante esta pregunta Josebe Iturrioz considera que es más urgente repensar la ciencia desde parámetros no androcéntricos que buscar un respaldo científico al feminismo. Lidia Puigvert plantea que el intento de apartar a las mujeres de las ciencias es un gran aliado del patriarcado, refuerza su androcentrismo y tiene graves consecuencias para todas las mujeres.

Josebe Iturrioz

Ciencia Feminista

En cuanto a la necesidad de justificar científicamente los supuestos feministas, me surge una duda más que razonable: No sé si es del todo pertinente preguntarse si el feminismo es científico o no. Me parece más interesante dilucidar si la ciencia es o no un constructo machista y, si lo es, qué es lo que podemos rescatar de los saberes científicos.

Tal vez el común de los mortales no lo sepa, pero las ciencias, así en general, han sido construidas, pensadas, criticadas, y sobre todo son también, un espacio para la pugna de poderes. Contar “la verdad” siempre fue una cosa muy complicada, y establecer los parámetros a través de los cuales se producen relatos verdaderos y predictivos no es una cosa fácil.  

Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (1962), aclaró que en cualquier campo e investigación, el equipo científico y sus creencias, costumbres y convenciones sociales influyen en lo que extraen de aquello que investigan. Las pensadoras o epistemólogas feministas como Helen Longino, Evelyn Fox Keller o incluso la mismísima Donna Haraway, proponen que hablemos de conocimientos situados, es decir, entender que no existe nada neutral, y que cualquier persona que realice una investigación científica está situada en una época y por ello inscrita en un sistema de creencias.

Por todo ello no se trata de ver si las teorías y propuestas feministas pueden respaldarse en principios científicos, sino más bien de aclarar todos los sesgos y parcialidades que pueden surgir cuando tratamos de naturalizar y esencializar en nombre de la ciencia cuestiones que poco tienen de natural o científico. Un claro ejemplo es cómo la biología ha definido el cuerpo humano, el dimorfismo sexual; dividir los sexos en dos polos opuestos, comprender ciertas características físicas como masculinas o femeninas, es un error.

Estoy segura de que es más urgente repensar la ciencia desde parámetros no androcéntricos, generar saberes más éticos y más inclusivos, que buscar un respaldo científico para el feminismo. En definitiva, creo que el feminismo puede hacer más por la ciencia que lo que la ciencia puede hacer por el feminismo, por lo menos, por ahora.

Lídia Puigvert

Las mujeres tenemos derecho a  conocer, usar y aportar evidencias científicas

Apartar a las mujeres de la ciencia ha sido una de las acciones del patriarcado que más consecuencias negativas ha tenido para nuestras vidas y para el conjunto de la sociedad. En las últimas décadas se han conseguido importantes logros en la presencia de mujeres en la academia y en la producción científica, aunque todavía queda muchísimo por hacer.

Muchas de las que hemos llegado a profesoras de las universidades no lo hemos hecho para colaborar con estas instituciones dominadas por el patriarcado, sino para trabajar por superar todos sus sexismos. Resulta decepcionante que algunas que han ocupado estas posiciones las usen en una dinámica que pone dificultades a que otras puedan llegar. Para acceder ahora a puestos de trabajo estables en las universidades y centros de investigación se necesita pasar unas evaluaciones que no se aprueban si no se han publicado artículos en las revistas de los rankings científicos. Por ejemplo, alumnas brillantes que quieren ejercer su derecho a ocupar las posiciones que otras ya tenemos para continuar con nuestra lucha son formadas en algunos masters de género que omiten las principales revistas científicas sobre este tema, salen con su título, pero sin saber que existen. De esa forma, el rechazo a la comunidad científica que se presenta como si fuera una lucha contra el androcentrismo de la ciencia es su mejor colaborador al marginar a esas chicas de acceder, si quieren, a la academia y así hacerla menos sexista.

Con ser muy grave esa exclusión sexista, todavía son mucho peores sus consecuencias para todas las mujeres, por ejemplo, para las que trabajan haciendo la limpieza en nuestras casas mientras nosotras investigamos o hacen de camareras en los bares a los que vamos, para nuestras madres, abuelas… El silencio sobre las evidencias científicas lleva a errores elementales de nefastas consecuencias. Por ejemplo, la ley de violencia de género del 2004 consideró ya en su artículo 1 que era creada por la pareja o expareja, con lo cual no se consideraban como tal las agredidas e incluso muertas en relaciones esporádicas. En las revistas científicas de género ya se habían publicado muchos artículos demostrando que la violencia de género no depende de la duración de una relación. Las profesionales de género que han sido formadas en evidencias ya saben eso y lo tienen muy en cuenta en el tratamiento del problema.

Las feministas investigadoras leemos y aportamos al resto de mujeres esas evidencias, no las ocultamos, también publicamos en ellas nuevas evidencias. Es cierto que la comunidad científica, como todo, está dominada por el patriarcado, pero no menos que nuestras universidades. Las feministas participamos en ambas para eliminar los sexismos dentro de ellas y potenciamos que las que deciden optar por esta trayectoria también puedan hacerlo. Por suerte, quedan cada vez menos de los que participan en nuestras universidades teniendo sueldo de por vida en ellas y, sin embargo, dificultan que quienes vienen por detrás puedan ejercer ese mismo derecho.

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