Reshma Ranjit había dedicado casi una década a construir su negocio de catering junto a su marido cuando las inundaciones de agosto arrasaron con él. Ahora vuelve a cocinar, esta vez como responsable de una cocina comunitaria que prepara alimentos para familias desplazadas en Nepal. Su experiencia forma parte de una respuesta que conecta dos necesidades inmediatas: disponer de comida y recuperar ingresos tras perder los medios de vida, según informa ONU Mujeres.
Como ella, otras mujeres afectadas trabajan en las cuatro cocinas impulsadas en Nuwakot y Rasuwa por ONU Mujeres, Rural Oriented Youth Movement Nepal (ROYM), el National Indigenous Women Forum y cuatro grupos locales de mujeres. Según la información compartida por la propia ONU Mujeres, la iniciativa ha servido más de 15.000 comidas en dos semanas y ha alcanzado a 1.145 personas.
Detrás de esas cifras también hay vínculos que ayudan a afrontar las pérdidas. Sannani BK, otra de las participantes, explica a ONU Mujeres que el trabajo remunerado le permite cubrir las necesidades familiares, mientras que compartir la actividad con otras mujeres le ofrece compañía y apoyo. Las cocinas reúnen, en un mismo espacio, la alimentación, los ingresos temporales y las relaciones comunitarias. Esa conexión cobra relevancia ante una emergencia persistente. El Programa Mundial de Alimentos señala que la destrucción de tierras de cultivo, la pérdida de empleos y las dificultades de acceso a los mercados siguen comprometiendo la alimentación de las familias. Su primera ronda de asistencia ha llegado a más de 15.500 personas, una intervención distinta de la de estas cocinas. La recuperación requiere, por tanto, que la ayuda inmediata vaya acompañada de oportunidades para reconstruir la vida cotidiana.
Para orientar ese proceso, la investigación científica destaca la importancia de contar con las propias comunidades. Una revisión sistemática de Lynne Keevers y su equipo, publicada en 2024 en International Journal of Environmental Research and Public Health, analizó 36 estudios sobre la recuperación tras desastres relacionados con el clima. Sus resultados señalan que las intervenciones lideradas por la comunidad aprovechan conocimientos, redes y capacidades locales, favorecen la distribución de recursos y permiten adaptar la respuesta a las necesidades concretas de la población.
Esta evidencia respalda la cocreación: la incorporación de las personas afectadas en la identificación de necesidades y en el diseño de las respuestas. También ayuda a precisar qué significa una recuperación de calidad: que los recursos lleguen de manera pertinente y que se reconozcan los conocimientos y las relaciones de quienes habitan el territorio. Sin embargo, no permite afirmar que estas cocinas hayan acelerado por sí mismas la recuperación en Nepal; ese resultado requeriría una evaluación específica más adelante. La participación plantea, además, una cuestión decisiva: quién puede influir realmente en las decisiones. La revisión Shifting power through participation in post-disaster recovery, publicada en 2023 en el International Journal of Disaster Risk Reduction, advierte de que los procesos participativos también pueden reproducir desigualdades si no abordan las relaciones de poder. Su aportación refuerza la necesidad de que las mujeres afectadas tengan la capacidad para orientar la recuperación.
En Nepal, las comidas servidas constituyen un primer resultado concreto. El siguiente paso será conocer cómo evoluciona el empleo, qué familias siguen encontrando barreras y qué capacidad de decisión conservan las participantes al término de la emergencia. Esa continuidad permitirá valorar hasta qué punto las cocinas también se convierten en una base para recuperar la autonomía y construir un futuro compartido en los próximos meses.
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