En el ámbito universitario, donde debería primar el respeto, la colaboración y la construcción conjunta del conocimiento, persisten prácticas de abuso de poder profundamente arraigadas. Uno de los escenarios más comunes, aunque silenciados, es el trato que reciben muchas personas becarias o estudiantes en formación por parte de quienes ocupan posiciones superiores. Este tipo de abuso no siempre adopta formas explícitas o denunciables en lo formal, pero sí deja marcas profundas en la dignidad y el desarrollo profesional de quienes lo sufren.
Con frecuencia, se instrumentaliza a las personas becarias para la realización de tareas que exceden lo que les corresponde, sin el reconocimiento debido y, muchas veces, sin un acompañamiento formativo real. Lejos de valorar su trabajo, se les desprecia o ridiculiza, ya sea en público o, más comúnmente, en conversaciones privadas entre personas de igual jerarquía. Se ríen de sus errores o inseguridades, no para ayudarles a mejorar, sino para reforzar una posición de superioridad. Este tipo de actitudes no solo vulnera el derecho al aprendizaje en condiciones dignas, sino que perpetúa dinámicas jerárquicas autoritarias y excluyentes.
Además, quienes abusan de su poder tienden a construir alianzas con otros colegas de su mismo rango para legitimar ese desprecio, creando entornos hostiles donde el miedo y la humillación impiden el desarrollo académico y personal de las personas más jóvenes. A menudo, quienes intentan denunciar o simplemente expresar su malestar son acusados de exagerar o de no comprender “cómo funciona la universidad”.
El maltrato psicológico en estos contextos no solo afecta a quienes lo sufren directamente, sino que debilita la esencia misma de la universidad como espacio de pensamiento crítico, justicia social y equidad. La transformación universitaria requiere acabar con toda forma de violencia, también el abuso de poder. Afortunadamente hay redes, centros y grupos de investigación que ya están elaborando y aprobando normativas y que solo comenzar a plantearse hacerlo ya se logra más bienestar en el grupo y especialmente en las personas más precarias y en quienes las apoyan.
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Primera víctima en ganar un caso en las universidades españolas. Coordinadora del Metoo University.
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