La existencia de un conflicto erizado entre el feminismo y las mujeres trans pone en peligro muchas cosas, también poder trabajar conjuntamente. Como otras mujeres, he seguido lo que se ha ido publicando, desde diversos posicionamientos, para conocer los argumentos y contraargumentos de este conflicto. Entre estas lecturas, dos mujeres de posicionamientos distintos. Ambas filósofas. La primera, Alicia Miyares, autora de “Distopías patriarcales. Análisis feminista del “generismo queer” (2021). La segunda, Elizabeth Duval, autora de “Después de lo trans. Sexo y género entre la izquierda y lo identitario” (2021).

Como muchas otras mujeres, estoy harta de la cantidad de opiniones, que no argumentos, que se han vertido sobre este problema, olvidando lo más importante: que hay personas reales, con problemas concretos que hay que solucionar, y que las soluciones llegan siempre desde el diálogo argumentado, no desde la exclusión de aquellas voces que no conviene que sean escuchadas. Estas dos autoras proporcionan argumentos. Se puede estar de acuerdo o no, pero proporcionan muchísimas pistas para que ese diálogo sea posible si las leemos con ganas, si prestamos atención a sus argumentos, para poderlos debatir o contraargumentar, si no estamos de acuerdo, alejándonos del ruido de tanta opinión infundada.

Ambas, desde posicionamientos muy distintos, habrá quien diga que antagónicos, inciden en que gran parte de este conflicto “surja a partir de la importación en España de debates y conceptos anglosajones” (Duval), un debate nacido en el contexto concreto de EE. UU. que “se viraliza y modula para adaptarlo a una imaginación desbocada” (Miyares).  Un conflicto que no surge de nuestro contexto afecta y mucho a nuestro futuro inmediato y a los derechos de personas concretas. 

Muchas veces, en toda la literatura que ha influido en este debate, aparece la ausencia de rigor. Duval demuestra con el informe Being trans in the Europe Union: Comparative analysis of EU LGTB survey data (2014), que la supuesta estadística que defiende que el 80% de las personas trans están en el paro no es real, no es verdad. Y critica abiertamente los sinsentidos que estructuran decenas de artículos, señalando: “Me parece de una crueldad supina este rodillo interesado: es una manera de aparentar una supuesta igualdad entre todas las personas presuntamente reagrupadas en un concepto que no existe. Es una manera de invisibilizar las estructuras de opresión de la clase, de la raza, del género, de la edad (…) Sé que la mayoría de quienes lo afirmen lo harán con buena intención: la buena intención de quien se despoja de la culpa aparentando compasión por los oprimidos” (p.128).

Ante problemas reales es necesario ofrecer soluciones reales. Duval destaca; “El problema fundamental reside en que pensar en un futuro de emancipación, o pensar unas posibilidades de emancipación dadas, no es lo mismo que construir un futuro de emancipación o sentar las bases de su posibilidad; las producciones estéticas de las comunidades disidentes o queer no son producciones políticas ni construyen por sí mismas el futuro que anticipan”” (p.168). No podemos obviar el paso de las propuestas teóricas a la acción real, a soluciones que transformen las desigualdades reales que sufren las personas. Y ¿de quién hablamos? .

Duval reflexiona sobre el número de personas trans, de personas no binarias, señalando que no hay que perder de vista a la hora de otorgar derechos qué precedentes jurídicos sientan. No se puede transformar a golpe de decreto por más que nuestras políticas-os se empeñen. Eso es lo que decimos muchas mujeres, no queremos tener género fluido, ni nos identificamos como personas cisheterocentradas, somos simplemente mujeres, y así consideramos también a las mujeres trans: mujeres. Todas lo somos. Se nos está utilizando políticamente de una manera absolutamente descarada. 

Miyares defiende la agenda política del feminismo destacando (p.183): “justo cuando las mujeres estamos alcanzando una notable visibilidad política-social, se reaviva, desde microgrupúsculos de la izquierda política que se denominan a sí mismas feministas, una imposición que exige a las mujeres que aceptemos categorías inestables, permeables y fluidas como “transgénero” y que, además, nos veamos en ella representadas bajo la acusación de “transfobia”, si no aceptamos el nuevo contrato por el que se nos invisibiliza. Y esta imposición es una imposición reactiva”. También subraya (pp.209-210): “Quisiera hacer explícita también la misoginia perceptiva que subyace en describir a las mujeres como colectivo asociado a otras minorías, sean sexuales o de otro orden. (…) las mujeres somos más de la mitad de la población mundial. Las mujeres no somos un colectivo ni una minoría. Somos un grupo social, y, además, mayoritario en relación con el grupo social de los varones. Esta es la única percepción pertinente que nos permite además establecer análisis comparativos y explicar cómo se lleva a cabo la interacción social (…).  Cuando se pretende situar en el mismo nivel a mujeres y minorías sexuales, se está llevando a cabo un proceso de asimilación de las mujeres a las problemáticas específicas de esas minorías”. Según la OMS el porcentaje de personas intersexuales, transexuales y transgénero supone el 0´3-0´5 % de la población mundial. 

De lo que se debería tratar es de conseguir nuevos derechos para aquellas personas que sufren situaciones injustas, pero hacerlo no significa hacerlo a costa de restringir o eliminar derechos ya conseguidos por las mujeres. Ni tampoco a costa de homogeneizar a todas las mujeres heteros, lesbianas, bisexuales, transgénero o transexuales ignorando sus problemáticas concretas, sin buscar alternativas reales para dar solución a los problemas reales con los que tienen que vivir en su día a día.

Me parecen absurdos aquellos argumentos que son acientíficos, como negar la biología, porque ignorar la biología de las mujeres supone perjudicarnos seriamente. He tenido la fortuna de asistir a congresos de ciencia y feminismo en los que científicas reconocidas explicaban, por ejemplo, que en los estudios científicos los fármacos se prueban mayoritariamente en hombres y animales macho, lo que afecta, por ejemplo, a la dosificación, tiene efectos y repercute en la salud de las mujeres. También hay artículos científicos que muestran, por ejemplo, que los síntomas de infarto de miocardio son diferentes en mujeres y hombres y que el desconocimiento de los síntomas por parte de las mujeres provoca un daño miocárdico mayor y complicaciones posteriores. Dudar de la ciencia en el siglo XXI es un absurdo. Estamos en pandemia de covid-19, pues bien, el factor sexo es importante en la respuesta inmune y en cómo se aborda el virus. ¿Recuerdan a la ciudadanía estadounidense que enfermó tras escuchar a Trump que sugirió tratar el Covid-19 con inyecciones de desinfectante? Exactamente igual me parece la negación, sin ningún argumento científico, de las consecuencias de la biología en la salud de las mujeres.

Que las mujeres hablen de sus preñeces, de sus ovarios o de sus menstruaciones es TERF (Feminismo Radical Trans Excluyente). Se omite que esa es la realidad de millones de mujeres en el mundo y que tiene consecuencias que no se pueden negar como, por ejemplo, la endometriosis, terrible para muchas mujeres y, todavía, muy desconocida. Que los hombres trans hablen de sus embarazos parece no serlo. Una interpretación del discurso asimétrica, claramente desigualitaria. 

Se elimina un binarismo, señala Miyares, la categoría hombre/mujer, pero se sustituye por otro cis/trans. No es baladí, se traslada al lenguaje legislativo y afecta a las niñas y a las mujeres.

Miyares defiende (pp.19-20) que “Si el feminismo se decanta hacia aspectos emocionales o vivenciales, el pensamiento crítico será anulado. Y sin un análisis crítico de la realidad, de lo que se teoriza con relación a las mujeres, lo que somos o dejamos de ser, solo queda aceptar la última ocurrencia intelectual como gozosas corderillas. (…) Ser feminista no es una vivencia íntima. Es identificarse con una agenda y no dinamitarla para que se adapte a las expectativas de cada una o uno”.

Duval destaca (p. 15): “proyectar el diálogo en el mundo no es síntoma de voluntad adoctrinadora, sino la esperanza de despertar en el otro la posibilidad de un proceso, de una indagación, de un deseo de comprender “.

Ojalá los debates sobre este conflicto no se centraran en imponer la voz propia y escucharan las voces protagonistas de todas las mujeres implicadas, también de todas las feministas de los diversos posicionamientos, las voces de todas aquellas a las que afectan las decisiones que toman las políticas-os, a los que parece que no interesamos lo más mínimo. Mientras, otras y otros desde la ultraderecha aplauden, parece que no somos conscientes.  

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