El pasado día 10 se celebraba el Día Internacional de la Salud Mental, un tema que cada vez preocupa más a la comunidad internacional y cuya vinculación con la violencia es cada vez más sólida. Muestra de ello es el nuevo informe Prevalencia de la violencia de pareja y de la violencia sexual ejercida por personas distintas de la pareja contra adolescentes de entre 15 y 19 años: informe técnico recientemente publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el que, entre otras, pone de relieve las graves consecuencias que la violencia puede tener sobre su salud y bienestar, especialmente en una etapa tan decisiva de su desarrollo. 

En este sentido, estimaciones correspondientes en 2023, apuntaron que cerca de 43 millones de adolescentes de entre 15 y 19 años, lo que supone que el 30% aproximadamente de la población mundial, han sufrido violencia física o sexual por parte de una pareja, violencia sexual ejercida por otras personas o por ambas. La OMS advierte de que estas experiencias están asociadas con problemas de salud mental, como la ansiedad y la depresión, además de afectar a las relaciones personales, la educación y las oportunidades futuras de las niñas. Una realidad que sitúa la prevención de la violencia también como una cuestión fundamental de salud pública. 

Así que como se apuntaba al inicio, la relación entre violencia y salud mental cuenta ya con una amplia evidencia científica. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024, que reúne 87 estudios con cerca de 190.000 participantes, encontró una asociación significativa entre las experiencias de abuso sexual durante la infancia y diferentes problemas de salud mental en la adolescencia, entre ellos depresión, ansiedad, estrés postraumático, autolesiones e ideación suicida. Asimismo, otra revisión científica de 2024, centrada en la violencia sexual y en las relaciones afectivas durante la adolescencia, identificó asociaciones con síntomas depresivos, desesperanza y estrés postraumático. Estos resultados refuerzan la importancia de comprender que las consecuencias de la violencia no siempre son visibles y que prevenirla constituye también una forma de proteger el bienestar emocional y psicológico de las adolescentes. 

Pero el análisis de la OMS va más allá de identificar estas consecuencias y señala factores sociales que contribuyen a que la violencia se produzca. Entre ellos, destaca las normas sociales discriminatorias, el matrimonio infantil y las limitaciones en el acceso de las niñas a la educación. Como respuesta, propone actuaciones que incluyen garantizar la educación secundaria de las adolescentes, reforzar sus derechos, transformar las normas que perpetúan la desigualdad y mejorar los servicios de atención a quienes han sufrido violencia. La organización subraya también la necesidad de disponer de una atención sanitaria adaptada a las adolescentes, centrada en las supervivientes y que integre los servicios de salud mental, de modo que puedan recibir respuestas adecuadas a sus necesidades. 

Es muy importante avanzar en el conocimiento sobre cómo prevenir situaciones de violencia sexual así como promover relaciones igualitarias y libres de violencia y garantizar esos entornos seguros y protectores en los que se implementen actuaciones que si favorecen el bienestar de las niñas y los niños. En esta línea, la OMS destaca el marco internacional de RESPECT, que recoge estrategias basadas en la evidencia para prevenir la violencia contra mujeres y niñas. Proteger la salud mental de las adolescentes implica, por tanto, no solo garantizar el acceso a una atención adecuada cuando la necesitan, sino también movimientos transformadores para que puedan construir relaciones que no pongan en riesgo su salud, su seguridad y sus oportunidades de desarrollo. 

 

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