Ilustración conceptual generada con inteligencia artificial y supervisión humana

La difusión de imágenes sexuales falsas creadas mediante inteligencia artificial contra mujeres que ocupan espacios públicos no debería entenderse simplemente como un problema relacionado con la pornografía o con los avances tecnológicos. Estamos ante una forma de abuso sexual digital que utiliza la imagen de una persona sin su consentimiento y que puede tener consecuencias reales sobre su vida, su dignidad y su participación en el espacio público.

La reciente denuncia de la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, ha puesto el foco sobre una realidad que afecta a decenas de eurodiputadas. Una investigación presentada en el Parlamento Europeo identificó al menos 46 mujeres entre las personas afectadas. El problema, por tanto, no pertenece a un determinado partido ni a una determinada ideología.

Pero hay una dimensión de esta violencia que merece más atención. ¿Qué hacemos quienes encontramos estas imágenes? Cuando una imagen de abuso sexual circula por Internet, no existe únicamente una persona que la crea y otra que la sufre. Existe también un entorno que puede contribuir a detener su difusión o, por el contrario, hacerla crecer. Quien recibe una imagen y decide reenviarla, quien la descarga, quien la comenta o quien proporciona el enlace participa, aunque sea de manera diferente, en la cadena que permite que el abuso continúe.

Por eso, la respuesta no puede limitarse a perseguir a quienes generan estos contenidos. Las plataformas tienen responsabilidades, las instituciones deben garantizar mecanismos eficaces de denuncia y retirada y los Estados deben aplicar las normas existentes. La Unión Europea ha avanzado en esta dirección y prepara nuevas prohibiciones sobre determinadas herramientas capaces de generar imágenes sexuales no consentidas.

Pero también necesitamos una responsabilidad social. Los observadores no somos neutrales cuando tenemos la posibilidad de intervenir. Podemos no compartir, podemos denunciar, podemos advertir a otras personas, podemos negarnos a convertir el sufrimiento de alguien en entretenimiento. La tecnología puede hacer que una imagen falsa llegue a miles de personas en segundos pero nuestra capacidad para detenerla también puede empezar con una decisión muy sencilla como no contribuir a que siga circulando.

 

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